El aborto se abre camino en todos los lados. Existe una frase célebre atribuida al presidente argelino Houari Boumédiène, según la cual «el vientre de nuestras mujeres nos dará la victoria», dentro de una supuesta reflexión sobre la conquista demográfica de Europa. Sin embargo, pese a su enorme difusión, no existe evidencia documental concluyente de que esa frase figure en el discurso que pronunció ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 1974, por lo que debe presentarse como una cita atribuida y no como una declaración históricamente acreditada. Independientemente de eso, las cosas van por ahí, y no podemos apartar la mirada de lo que está sucediendo en todo Occidente con los musulmanes.
La imagen mental que tenemos es que el mundo musulmán nos conquistará porque sus mujeres tienen más hijos que las nuestras. Achacamos al aborto, que en Occidente es legal y generalizado, el origen de nuestras miserias demográficas y atribuimos a los musulmanes el arma de la concepción de hijos para conquistarnos. Todos pensamos que la religión musulmana es extremadamente beligerante frente al aborto y que quien contraviene sus leyes son duramente reprimidos.

Cuando se habla del aborto en el mundo musulmán resulta fácil aceptar una explicación demasiado sencilla: el islam lo condena, sus sociedades son más tradicionales, las leyes suelen ser restrictivas y, por tanto, allí se aborta poco y nacen muchos niños. Los datos obligan a matizar seriamente esa imagen.
Ni existe una única legislación sobre el aborto en los países musulmanes ni una única posición jurídica islámica. La jurisprudencia tradicional concede especial importancia a la llamada «insuflación del alma», situada por muchos juristas alrededor de los 120 días y por otros antes. Tampoco las leyes civiles son uniformes: Túnez y Turquía han mantenido regulaciones considerablemente más permisivas que Marruecos, Egipto, Pakistán, Irán o Arabia Saudí.
Pero la distinción verdaderamente importante es otra: una cosa es la doctrina religiosa, otra la prohibición legal y una tercera lo que realmente sucede.
Prohibido no significa inexistente. Medir el aborto donde está prohibido o fuertemente restringido es difícil porque una parte importante no aparece en las estadísticas oficiales. Por eso hay que distinguir entre abortos registrados y abortos estimados. Los estudios internacionales de Guttmacher y la OMS combinan registros, encuestas, nacimientos, anticoncepción y estudios nacionales; son estimaciones, no una contabilidad exacta.
Aun con esa cautela, algunos resultados llaman la atención. Para 2015-2019, Bangladés presentaba una tasa estimada cercana a 35 abortos por cada 1.000 mujeres de 15 a 49 años e Indonesia alrededor de 25. El caso más contundente es Pakistán: una investigación sobre 2023 estimó unos 3,8 millones de abortos inducidos y una tasa aproximada de 66 por 1.000 mujeres en edad reproductiva.
No parece precisamente una sociedad sin aborto.
La primera conclusión es incómoda, pero necesaria: condena religiosa, prohibición legal e incidencia real son tres variables diferentes. Tampoco sería serio afirmar lo contrario, que las leyes restrictivas causan esas cifras. Intervienen embarazos no deseados, anticoncepción, pobreza, estructura de edades, matrimonio y numerosos factores sociales. Lo que sí queda descartado es que una fuerte desaprobación religiosa garantice por sí sola una baja incidencia.
Entonces, ¿por qué nacen muchos más niños? Aquí aparece la cuestión demográfica decisiva. Pakistán puede presentar una elevada incidencia estimada de aborto y, sin embargo, mantener alrededor de 3,55 hijos por mujer. Egipto y Argelia rondan 2,7. Arabia Saudí, Marruecos, Bangladés e Indonesia se encuentran aproximadamente en la zona del reemplazo. España está alrededor de 1,1.
PAKISTÁN:3,55 hijos por mujer
ESPAÑA: alrededor de 1,1
Por tanto, decir que los países musulmanes conservan su población simplemente porque «no abortan» no se sostiene. En algunos se aborta considerablemente y, pese a ello, nacen muchos más niños. La diferencia fundamental está en que se producen más embarazos y, finalmente, muchos más nacimientos por mujer.
El aborto importa demográficamente: cada embarazo interrumpido es un nacimiento que no se produce. Pero la tasa de fecundidad ya refleja el resultado final, porque cuenta nacidos vivos. Los 3,55 hijos de Pakistán y el aproximadamente 1,1 de España son los niños efectivamente nacidos después de los abortos que se hayan producido en ambas sociedades.
Ahora bien, tampoco el mundo musulmán está inmunizado contra el invierno demográfico. En 1990 Pakistán tenía unos 6,36 hijos por mujer; Irán, 4,93; Egipto y Argelia, alrededor de 4,5; Marruecos, 4,06. Desde entonces la fecundidad ha descendido casi en todas partes.
Irán resulta especialmente revelador: de 4,93 hijos por mujer en 1990 a aproximadamente 1,68 en 2024. Turquía ha pasado de 3,11 a alrededor de 1,5 y Túnez ronda 1,8. Paso del mundo rural a las ciudades, anticoncepción, retraso del matrimonio, coste de formar una familia y cambios culturales están actuando también allí. La religión, por sí sola, no ha detenido la transición.
El dato que termina de aclararlo. La tasa neta de reproducción (TNR) permite ir un paso más allá. Indica cuántas hijas tendría en promedio una mujer y sobrevivirían hasta las edades reproductivas bajo las condiciones actuales de fecundidad y mortalidad. Una TNR de 1 representa el reemplazo de una generación femenina por la siguiente.
La fotografía es elocuente: Pakistán ronda 1,60; Egipto y Argelia, 1,30; Arabia Saudí, 1,11; Marruecos, 1,05; Bangladés, prácticamente 1; Indonesia, ligeramente por debajo; Túnez, 0,87; Irán, 0,80; Turquía, aproximadamente 0,78; y España, alrededor de 0,59.
100 mujeres → unas 160 hijas en Pakistán
100 mujeres → unas 59 hijas en España
No significa que la población española vaya a reducirse automáticamente en esa proporción: intervienen inmigración, estructura de edades y futuros cambios de fecundidad y mortalidad. Pero sí expresa con crudeza la insuficiencia de nuestra reproducción natural.
La comparación con la mortalidad infantil refuerza la paradoja. España pierde apenas 2-3 niños por cada 1.000 nacidos vivos. Pakistán continúa alrededor de 48 por 1.000. España consigue que sobreviva prácticamente todo niño que nace; Pakistán pierde desgraciadamente muchos más. Sin embargo, Pakistán tiene tantos nacimientos que, incluso después de esa mortalidad y de una elevada cifra estimada de abortos, conserva un amplio excedente reproductivo.
España hace exactamente lo contrario: casi no pierde niños después del nacimiento, pero nacen tan pocos que no existe generación suficiente para sustituir a la anterior.
Una lección que convendría no esquivar. El análisis desmonta dos tópicos. El primero: que las sociedades musulmanas tienen muchos hijos porque apenas abortan. No es cierto. El segundo: que conservarán indefinidamente su fortaleza demográfica gracias a la religión y a estructuras familiares tradicionales. Tampoco. Irán, Turquía y Túnez ya están por debajo del reemplazo; Indonesia acaba de atravesar esa frontera y Marruecos está muy cerca.
Pero queda una diferencia decisiva: España llegó antes.
Y esto obliga a ser rigurosos incluso cuando defendemos la vida. El aborto constituye una pérdida humana y demográfica enorme, pero los números no permiten convertirlo en explicación única de nuestro derrumbe demográfico. Nuestro problema es más profundo: abortamos, pero además concebimos poco, formamos familias más tarde, tenemos muy pocos hijos y llevamos décadas sin reemplazar nuestras generaciones.
El mundo musulmán demuestra que prohibir el aborto no basta para garantizar una sociedad demográficamente viva. También demuestra algo más incómodo: una sociedad puede sufrir una incidencia considerable de aborto y conservar capacidad de reemplazo porque todavía concibe y finalmente tiene muchos niños.
España consigue que sobreviva casi todo niño que nace. Lo dramático es que cada vez hacemos nacer menos.
Solo un dato para la reflexión. El año 2025, 100.000 niños fueron abortados en España. Según los datos, aproximadamente 59.000 serían niñas que hubiesen llegado a la edad reproductiva en condiciones de traer niños al país. Quien diga que el aborto no tiene incidencia sobre la demografía que venga y lo demuestre.
En los países musulmanes, ni la Religión ha conseguido frenar el desarrollo de la eugenesia. Se aborta, y se aborta mucho.
Dejemos de lado la política. No tiene interés ahora. Lo que sí está claro es que el mundo va directo a un conflicto demográfico que nos va a sumir en un enorme frío poblacional de consecuencias imprevisibles.
EL ABORTO SE HA GENERALIZADO EN MUNDO y HOY POR HOY ES IMPARABLE. SI A ALGUIEN NO LE GUSTA LA CONCLUSIÓN, ¡LO SIENTO!, PERO ES LO QUE HAY…
Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra