Por segunda vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las placas tectónicas de la geopolítica global vuelven a moverse con fuerza, y esta vez lo hacen claramente a favor de Estados Unidos.
El primer gran reacomodo comenzó con la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca en 1980 y se cerró once años después, con el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, que dejó a Washington como la única superpotencia del sistema internacional.
El segundo empezó con la elección de Donald Trump el año pasado. Aún estamos en una etapa temprana del proceso, pero ya se alcanzan a distinguir los contornos de una recomposición del liderazgo estadounidense y, sobre todo, las consecuencias que ese giro empieza a tener para el resto del mundo.

La pinza de Venezuela e Irán estrangula energéticamente a China y permite que EEUU se centre en el eje asiático frenando las ansias imperiales de China en Taiwan.
Venezuela fue, en los hechos, una gran pérdida para China apenas hace un par de semanas. Un país que concentra cerca del 17 % de las reservas probadas de petróleo del mundo —más que cualquier otra nación— ha pasado a estar bajo control energético estadounidense, mientras su infraestructura petrolera es reconstruida y reconfigurada por empresas de Estados Unidos.
En palabras que sin duda añadieron sal a esa herida geopolítica, Trump les dijo a China y a otros compradores el 9 de enero que “pueden comprar todo el petróleo que quieran de nosotros”. Lo que no hizo falta decir es que, bajo ese nuevo orden energético global, ese petróleo no será barato ni estará en sus términos tradicionales de acceso preferencial.
Xi Jinping enfrenta ahora una preocupación adicional —y nada menor—: si el régimen del ayatolá Alí Jamenei colapsa en Irán, China perdería también el acceso irrestricto a otra fuente clave de energía barata. En la práctica, eso significaría quedar sometida a un estrangulamiento energético bajo control estadounidense, con impacto directo no solo sobre la industria china, sino también sobre el funcionamiento de su aparato militar.
Pero los dolores de cabeza de Pekín no se limitan tan solo a la cuestión energética.
La destrucción completa del arsenal de sistemas de armas fabricados por China en Venezuela —sin la pérdida de un solo avión, piloto o soldado estadounidense— supuso un golpe demoledor al prestigio militar de Pekín. El mensaje fue inequívoco: los aliados que aún orbitan en torno a China saben ahora que no puede protegerlos cuando llega el momento decisivo.
La consecuencia lógica es que la industria armamentística china comenzará a perder clientes en todo el mundo. Sistemas de radar, drones y misiles que se vendían como alternativas viables a la tecnología occidental quedaron expuestos, en la práctica, como ineficaces y poco confiables.
Más grave aún: las fuerzas armadas iraníes han tomado nota. Hoy saben que, al menos en términos de equipamiento militar, el supuesto gigante asiático no es más que un tigre de papel.
La caída del régimen de los ayatolás en Irán sería un golpe geopolítico aún más profundo para Pekín que la pérdida de Venezuela: algo comparable, en alcance histórico, a lo que representó la caída del Muro de Berlín.
Imaginemos un Medio Oriente en el que Irán deja de financiar, armar y entrenar a sus grupos aliados en toda la región: ningún apoyo permanente para Hezbollah en Líbano y Siria, nada de respaldo a los hutíes en Yemen, ni a Hamas en Gaza, ni a las milicias chiítas que operan en Irak. Estas organizaciones —que han sido pilares del llamado Eje de la Resistencia respaldado por Teherán durante décadas— dependen en gran medida de la cobertura estratégica, logística y financiera que les proporcionaba Irán.
Privados de ese respaldo sostenido, es difícil imaginar que estos grupos puedan sobrevivir mucho tiempo como estructuras coherentes. Sin el patrocinio iraní, la presión combinada de los Estados en los que operan, junto con los cambios recientes en el equilibrio regional, podría llevar a su rápida desarticulación.
En ese escenario, sería razonable esperar que más países se sumen a iniciativas de normalización como los Acuerdos de Abraham, y que surja una ventana de mayor estabilidad y cooperación regional duradera en Oriente Medio —algo que, hasta ahora, ha resultado esquivo en medio de las prolongadas tensiones y conflictos.
Así como la caída del Muro abrió el camino a la libertad en Europa del Este, el fin del régimen de los ayatolás pondría un freno efectivo a la injerencia china en la región y abriría una etapa de mayor estabilidad y prosperidad.
Sería una excelente noticia para el mundo. Para China, en cambio, representaría un golpe estratégico adicional del que no sería fácil recuperarse.
Un Medio Oriente más estable reduciría la necesidad de sostener una base permanente en Al Udeid, en Catar, y permitiría una disminución significativa de la presencia naval estadounidense tanto en el Golfo Arábigo como en el Mediterráneo oriental.
Recién entonces, el tantas veces anunciado y largamente postergado “giro hacia Asia” podría ejecutarse con seriedad. El traslado de activos militares desde el Comando Central al Comando Indo-Pacífico reforzaría de manera sustancial la presencia de Estados Unidos en Corea del Sur, Japón y Filipinas, complicando los cálculos estratégicos de Pekín —especialmente frente a cualquier intento de avanzar sobre Taiwán.
Con China cada vez más dependiente de la buena voluntad estadounidense para garantizar su acceso a la energía, y con una presencia militar norteamericana reforzada a lo largo del Pacífico, las probabilidades de un ataque chino exitoso contra Taiwán se reducen de forma drástica. El efecto disuasivo es evidente: aumenta la posibilidad de que Pekín, sencillamente, ni siquiera se atreva a intentarlo.
La conclusión es difícil de eludir. La pérdida de Venezuela e Irán —dos de los proxies más importantes de China— obliga a Pekín a poner en pausa, al menos por ahora, su ambición de dominar Asia.
Finalmente, los informes que llegan desde el interior de China sugieren que la caída de sus aliados externos está generando tensiones incluso puertas adentro. El malestar social va en aumento a medida que la economía se desacelera, el prestigio del régimen se erosiona y, en paralelo, el de Estados Unidos vuelve a crecer.
La libertad, al fin y al cabo, es contagiosa.
Los líderes chinos no dormirán tranquilos esta noche.
No porque teman ser arrancados de sus camas a medianoche por fuerzas especiales estadounidenses, sino porque su propio pueblo, sacudido por estos vientos de libertad, empieza a moverse.
Publicado originalmente en inglés en The New York Post
