No nos equivoquemos: Nicolás Maduro era el hombre de China en Sudamérica.
Mientras el resto del mundo rechazaba la fraudulenta proclamación de victoria de Maduro en las elecciones venezolanas de 2024, Pekín lo felicitaba “por su exitosa reelección presidencial”.

Durante el último año y medio, el Partido Comunista Chino (PCCh) ha mantenido un respaldo abierto y sin matices al corrupto régimen socialista construido por Nicolás Maduro, aun cuando ese apoyo hace cada vez más remota la posibilidad de que China recupere las decenas de miles de millones de dólares que ha prestado a Venezuela.

Sin embargo, para los padrinos comunistas de Maduro la compensación nunca fue solo una cuestión contable. No se reduce a dólares, ni siquiera a petróleo, aunque la voracidad energética china formó parte del cálculo. 

El principoio del fin del chavismo supone también el principio del fin de la pretendida hegemonía china en la región

Pekín está en una búsqueda constante de nuevos “socios estratégicos”; es decir, regímenes conducidos por líderes socialistas, comunistas o abiertamente autoritarios dispuestos a alinearse con el PCCh en su pulso global contra Estados Unidos.

Y si, además, se trata de gobiernos vinculados al narco-terrorismo, responsables de inundar de drogas el mercado estadounidense y de provocar cientos de miles de muertes, para Pekín eso no es un problema moral, sino incluso una ventaja adicional.

La gran apuesta estratégica del PCCh en Sudamérica ha sido extender al conjunto del hemisferio el modelo ya ensayado con la Cuba comunista —su llamada “amistad de hierro”— y con Venezuela —una “asociación a prueba de todo”—. La proliferación de gobiernos socialistas hostiles a Washington ofrecía un terreno particularmente fértil para esa expansión silenciosa, pero sostenida.

Y por un momento, China estuvo muy cerca de conseguirlo.

Hace apenas unos años, la escena parecía clara: América Latina avanzaba en bloque hacia la órbita de la Nueva Ruta de la Seda china. La expansión de Pekín era rápida, ambiciosa y metódica.

El gigante asiático inauguraba puertos, financiaba represas, extendía líneas de crédito diseñadas como trampas de deuda y —conviene decirlo sin eufemismos— exportaba corrupción a gran escala en todo el continente.

Al mismo tiempo, demagogos de izquierda dominaban la mayoría de los países de Centro y Sudamérica, desde Honduras y Nicaragua en el norte hasta Chile y Argentina en el sur. Gobiernos alineados con China que cultivaban una retórica de soberanía mientras sus pueblos padecían los efectos conocidos del socialismo: corrupción estructural, inflación fuera de control y la erosión sistemática de las libertades.

Pero en el camino hacia ese ascenso regional del régimen chino ocurrió algo inesperado. País tras país, los ciudadanos decidieron cortar por lo sano: sacaron a los socialistas del poder en las urnas y los reemplazaron por liderazgos populistas dispuestos a no negociar cuestiones esenciales como la seguridad, la soberanía y la prosperidad, ni con China ni con nadie.

El primer caso emblemático fue el de Nayib Bukele, en El Salvador. Elegido presidente en 2019, actuó sin rodeos: sacó de las calles a miles de integrantes de la MS-13 y de otras pandillas criminales, y luego enfocó sus esfuerzos en recomponer la economía nacional. El resultado es difícil de ignorar: hoy El Salvador tiene las calles más seguras del hemisferio occidental y ha logrado revertir buena parte de las heridas dejadas por años de violencia y descomposición social.

En los últimos dos años, una seguidilla de líderes con rasgos similares ha seguido ese mismo camino, consolidando una tendencia que pocos anticiparon y que Pekín, claramente, no supo leer a tiempo.

Javier Milei fue elegido presidente de Argentina en 2023. Libertario sin complejos, aplicó su famosa “motosierra” sobre el Estado y redujo a la mitad una burocracia tan inflada como ineficiente. La victoria contundente de su partido en las recientes elecciones legislativas confirma que su estrategia de shock cuenta con respaldo social: la moneda se estabilizó y la economía volvió a mostrar signos claros de crecimiento.

Ese mismo año, Daniel Noboa llegó a la presidencia de Ecuador con una plataforma firme de ley y orden, y en 2025 obtuvo la reelección para un mandato completo. A diferencia de los gobiernos de izquierda que lo precedieron —que habían permitido que las bandas criminales se adueñaran del país—, Noboa optó por el camino opuesto. Al igual que Bukele, encarceló a miles de pandilleros y logró restablecer la seguridad en las calles, un objetivo que parecía inalcanzable pocos años atrás

La tendencia se aceleró en los últimos meses de 2025 cuando:

  • Chile optó por un giro nítido: José Antonio Kast, católico conservador y padre de nueve hijos, se impuso a su rival del Partido Comunista. Kast llegó con una agenda clara: replicar las reformas económicas que han dado resultados en la vecina Argentina y poner freno a la inmigración ilegal.

  • Bolivia cerró un ciclo. La elección de Rodrigo Paz puso fin a una década de socialismo que dejó a la economía exhausta y sin margen de maniobra. El voto expresó cansancio y una demanda explícita de cambio.

  • Honduras se inclinó por el candidato conservador del Partido Nacional, Nasry Asfura, cuya campaña recibió un respaldo decisivo del presidente Donald Trump en el tramo final. El resultado confirmó la consolidación de una corriente política que prioriza orden, estabilidad y alineamiento estratégico con Estados Unidos.

Hoy existe una masa crítica de líderes conservadores sólidos al sur de la frontera de EE.UU. que, al igual que Trump, están decididos a confrontar a los cárteles de la droga, recuperar la estabilidad democrática y poner a sus economías nuevamente en marcha.

Cada una de estas elecciones constituye una derrota clara para Pekín. En conjunto, configuran algo más profundo: el desarme progresivo de las ambiciones chinas en las Américas.

No es casual que estos gobiernos estén mirando hacia el norte y no hacia el este en busca de respuestas. Buscan estrechar lazos con Washington para enfrentar amenazas comunes, conscientes de que el respaldo de Pekín a regímenes de izquierda no solo no las resuelve, sino que las agrava.

La chispa que encendió este incendio populista fue la elección de Trump en 2016, que hizo añicos la idea de que los votantes estaban condenados a elegir, una y otra vez, a los mismos candidatos gastados, reciclados y cómodamente instalados en el establishment.

Su reelección en 2024 terminó de consolidar el fenómeno. Los movimientos populistas en todo el hemisferio ganaron impulso y se tradujeron en campañas decididas a llevar al poder a líderes dispuestos a responder, sin ambigüedades, a las demandas de la gente común por libertad y prosperidad. El resultado es evidente: hoy emerge un bloque de dirigentes firmes y anti-establishment que son aliados naturales de Estados Unidos y, conviene decirlo con claridad, adversarios naturales del régimen chino.

Con todo, sería prematuro afirmar que el continente entero avanza en esa dirección —la de economías abiertas y gobiernos democráticos—. Los socialistas aún gobiernan el país más grande de la región, Brasil, y el pueblo cubano continúa atrapado en la lógica de la isla-prisión.

Pero el impulso es inconfundible. Algo se ha puesto en marcha y ya no depende de un solo país ni de un solo liderazgo. Los mejores días de las Américas todavía están por delante.

Hoy existe una masa crítica de líderes conservadores afines en todo el continente que, unidos por valores compartidos y preocupaciones comunes, enfrentan una oportunidad histórica: recuperar el crecimiento, la seguridad y la libertad en la región. En otras palabras, hacer que las Américas vuelvan a ser grandes.

Todo indica que los mejores días para las Américas aún están por venir.

En cuanto a los socialistas y aliados comunistas que aún le quedan a Pekín en la región, harían mal en dormir tranquilos.

No porque vayan a ser arrancados de sus camas por fuerzas especiales estadounidenses en plena madrugada, sino porque sus propios pueblos —alentados por estos vientos de libertad— ya están empezando a organizarse para sacarlos del poder.

(*) Publicado originalmente en inglés en The Epoch Times 

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