Hay crímenes que solo necesitan el silencio para prosperar. El aborto ha necesitado algo más: aplausos, eufemismos y leyes a medida. En 2025, el mundo ha alcanzado una cifra que debería paralizar cualquier conciencia mínimamente viva: 73 millones de abortos en un solo año. Setenta y tres millones de seres humanos eliminados antes de nacer, sin juicio, sin defensa, sin nombre y sin duelo.

Desde la generalización de la despenalización del aborto en el mundo, la cifra acumulada supera ya con holgura los 3.000 millones de seres humanos exterminados. No es una metáfora. No es una exageración retórica. Es un cálculo mínimo. Para los escépticos, las fuentes son la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Instituto Guttmacher, rama “científica” de Planned Parenthood. Moléstense en leerlo.

Imagen de los santos inocentes

Para entender la magnitud, hagamos un ejercicio incómodo pero necesario. Supongamos un peso medio extremadamente bajo: 1 kilo por cada uno de esos seres humanos. El resultado es escalofriante: tres mil millones de kilos de restos humanos. Tres millones de toneladas.

No cabrían en el mayor estadio de fútbol del mundo. Ni siquiera llenándolo hasta el último vomitorio, las gradas, el césped y las cubiertas. No cabrían tampoco en las calles adyacentes, ni, aunque se extendieran por las avenidas colindantes. Y eso hablando de restos prensados, reducidos a materia, no de cuerpos reconocibles.

Sin embargo, todo ese horror ha cabido perfectamente en el lenguaje administrativo, en los contenedores sanitarios y en la conciencia anestesiada de Occidente.

Hablemos de falsas “olas” y de “maremotos”. Cada vez que una ley osa recordar que el no nacido existe, el sistema mediático reacciona con histeria prefabricada. Se habla de “olas feministas”, de “maremotos sociales”, de “clamor ciudadano”. Basta comparar.

Los últimos grandes maremotos reales —Japón, Indonesia, Chile— arrasaron ciudades enteras, dejaron decenas de miles de muertos y cicatrices imborrables. Las supuestas “olas feministas” contra el reconocimiento jurídico del no nacido reúnen, en el mejor de los casos, a unas decenas de personas.

En Puerto Rico, Cuando su Gobernadora, Jennifer González, ha tenido la osadía de convertir en ley una medida que reconoce al no nacido como una persona natural, los medios afines al progrerío más ‘woke’ han estallado en pedazos de indignación. Muestran imágenes de concentraciones que no superan el centenar. En la Comunidad Valenciana, un diario, El Mediterráneo, habla de “concentración” en Castellón a favor del aborto: diecinueve personas, no veinte, diecinueve. Contadas una a una. Una marea, un maremoto.

Eso no es una ola. Es una ondulación de vaso mal apoyado. De vaso pequeño solo lleno escasamente hasta la mitad. Pero el lenguaje se estira porque la causa lo exige.

Se hurta una gran cuestión jurídica. Desde la unión del óvulo y el espermatozoide existe un ser humano. No uno potencial, no uno en proyecto, no uno dependiente del deseo ajeno. Un ser humano de la especie humana. No es un batracio, no es un quelonio, tampoco es un ave ni un insecto. Es un ser humano. La embriología es tajante. La embriología está siendo suprimida de los currículos médicos porque molesta. Toda la verdad molesta. Mienten por necesidad.

El derecho, sin embargo, ha optado por una ficción interesada: reconocer humanidad biológica, pero negar personalidad jurídica. Una pirueta conceptual insostenible a largo plazo.

El Tribunal Constitucional español ha reconocido reiteradamente que la vida humana es un bien jurídico constitucionalmente protegido. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, aun dejando margen a los Estados, jamás ha negado la naturaleza humana del no nacido. Simplemente ha eludido su protección plena por razones políticas, no científicas. Lo ya dicho, se han convertido en Circos donde la principal atracción es la pirueta conceptual. ¡Paseen y vean, “la mujer de trapo”, el “hombre de madera”, “la pirueta conceptual”!

El derecho natural, base histórica de todo ordenamiento serio, es aún más claro: todo ser humano es sujeto de derechos por el mero hecho de serlo. No por su tamaño, ni por su grado de desarrollo, ni por su dependencia. Lo que pasa, es que naturalmente el derecho ha decidido ser un “saltimbanqui” de la pirueta conceptual.

Se está aplicando el Derecho Penal al revés (cuando haces piruetas, lo ves todo al revés) Nunca en la historia el derecho penal había funcionado así: protegiendo al fuerte y abandonando al débil. Penalizando al que defiende y blindando al que elimina. Y a ningún juez, ni a ningún abogado, se les cae la cara de vergüenza. Salvo honrosísimas excepciones.

Se acusa al movimiento provida de querer mujeres en prisión. Este ya es un “mantra” más que podrido, de hecho, se ha convertido en abono y fortalece las raíces de los movimientos pro vida. El objetivo es exactamente el contrario: que el peso de la ley caiga sobre quienes se lucran con la muerte (dinerariamente o políticamente), sobre quienes han construido una industria de eliminación humana amparada por leyes injustas, obedientes a la ya muy putrefacta eugenesia de hace más de un siglo.

Porque una ley que permite matar a un inocente deja de ser ley para convertirse en violencia organizada. Es la Mafia de la muerte.

Se olvidan de la otra víctima propiciatoria. La mujer. El aborto se vende como liberación femenina. La realidad es otra. La mujer es una de las principales víctimas del sistema abortista. La han convertido en una esclava de sí misma, pero no lo descubren hasta que les ha sucedido. NADIE, NADIE, del Estado ni de la Administración les contó los riesgos que corrían. Solo les dijeron que “no es nada”. Es “como quitarte un grano”, no más peligroso. “Si sigues nuestras instrucciones te sentirás muy bien y habrá desaparecido tu problema”.

Si como al pobre Pinocho, que cada vez que mentía le crecía la nariz, como será la nariz del sistema eugenésico mundial. Hagamos un ejercicio de cálculo (solo por redimensionar la mentira): una mentira, 1 cm más de nariz. 3.000 millones de mentiras (solo una por aborto, siendo muy generosos), son 3.000 millones de centímetros. Esto serían 30.000 Km, casi tres veces la distancia entre Madrid y Tokio. ¡Pedazo de nariz! La mentira máxima, “la madre de todas las mentiras”. 

Hay consecuencias físicas: hemorragias, infecciones, infertilidad secundaria, cáncer de cuello de útero, cáncer de útero, complicaciones ginecológicas crónicas, posible esterilidad por mala práctica (Síndrome de Asherman). Consecuencias psicológicas (Síndrome de Wade): depresión, ansiedad, trastornos de estrés postraumático, culpa persistente, incremento del riesgo suicida.

El llamado síndrome postaborto no es un mito ideológico. Es una realidad clínica silenciada porque desmonta el relato oficial. Claro, se les caería todo el “artesonado” encima. La mujer aborta sola, paga sola y carga sola con las consecuencias, mientras el sistema cobra, legisla y se lava las manos.

Nunca la mujer ha estado tan desprotegida como ahora.

Para este próximo año 2026, el objetivo final es claro y urgente: redactar y promover un proyecto de ley que reconozca explícitamente que desde la concepción del no nacido, este es un ciudadano, titular de todos los derechos que las leyes fundamentales que le otorgan el Código Civil, el Código Penal y el resto del ordenamiento y que se deben respetar. A más de “un progre” le va a dar un “jamacuco” o una “alferecía”. En fin, que vaya comprando “Nervocalm” o que se dedique a hacer “olas”.

No lo vamos a hacer como concesión moral, sino como exigencia jurídica. Y que toda vulneración de ese derecho fundamental tenga consecuencias penales reales.

Si eso no ocurre, la humanidad no avanza. Se suicida. En España estamos a punto de empujar el émbolo de la jeringuilla con el Pentobarbital. Quizá sin saberlo. O quizá sabiéndolo perfectamente.

Carmelo Álvarez Fernandez de Gamarra, colaborador de Enraizados

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