El pasado domingo 8 de marzo se celebró con tambores y trompetas a nivel mundial el Día Internacional de la Mujer. 

Uno de los pocos lugares donde no se celebró fue Irán, cuyo gobierno es aliado del presidente español Pedro Sánchez.

Una fiesta que lleva unos cuantos años pero durante la cual, por medio de ruidosas manifestaciones -a veces con actos vandálicos- se recordó que varón y mujer son iguales.

Al leer esto nos da la impresión de que quienes promueven dicho movimiento sienten la misma satisfacción quien en su día se jactó de haber inventado el agua tibia.

Ciertamente que son iguales varón y mujer, pero la idea medular es que son iguales en su dignidad, aunque en lo físico jamás podrán serlo.

Y es que, aunque un varón puede engendrar jamás podrá llevar una criatura en su vientre para darlo a luz a los nueve meses.

Varón y mujer diferentes. Muy diferentes en lo físico pero iguales porque ambos tienen la sagrada dignidad de ser hijos de Dios, una dignidad que -dicho sea de paso- jamás habrán de perder.

Ahora bien, estos son lodos de aquellos polvos y el que hoy tanto se insista -a veces con violencia- en condenar la actitud de machos sin escrúpulos tiene su origen en las épocas más primitivas de la historia de la humanidad.

Allá por los tiempos de la Edad Antigua, cuando aún las legiones romanas no habían unificado al mundo en lo lingüístico, religioso, jurídico y administrativo, los diferentes pueblos solían tener una actitud despectiva hacia la mujer, a quien veían como simple objeto de placer propiedad de quien la adquiría.

En aquellos tiempos salvajes -a pesar de la influencia civilizadora del Derecho Romano- la mujer era considerada como un ser inferior.

Fue a partir de que el cristianismo se empezó a extender por el imperio cuando la situación dio un cambio radical.

En una de sus epístolas, San Pablo había aconsejado lo siguiente:

“Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella para santificarla…

Y más adelante el mismo Apóstol de las Gentes añade:

“Los maridos deben amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son. El que ama a su esposa se ama a sí mismo, pues nadie jamás ha odiado su propio cuerpo” (Efesios. 5, 21-33)

Una vez que el cristianismo se consolida, la mujer se transforma en la fiel compañera del hombre.

Al proclamarse la santidad del Matrimonio, el cual ostenta el honor de ser todo un sacramento, no solamente se decreta la abolición del divorcio y de la poligamia, sino que se condena con energía el poder arbitrario del esposo.

A partir de entonces, la mujer pasa a ocupar un sitio de honor dentro del hogar donde ella habrá de reinar por medio de la virtud y él por medio de la autoridad.

De este modo, gracias al Evangelio predicado por los Apóstoles, la mujer experimenta la primera de sus grandes liberaciones en toda la historia de la humanidad.

Ese gran acontecimiento y no otro es el que debería recordarse y celebrarse con toda solemnidad.

Una gran conquista que demuestra una vez más que siempre que el Cristianismo ha hecho acto de presencia, de inmediato, los pueblos experimentan progreso y mejoría en todos los órdenes.

Y cerramos con broche de oro: La prueba más evidente de que España y pueblos hermanos del mundo hispánico reconocieron siempre la dignidad de la mujer la tenemos en el hecho de que fue precisamente una mujer, Isabel la Católica, el mejor gobernante español, a la vez que la Gran Reina fue también la primera soberana del continente americano.

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