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Recientemente, la ministra de Sanidad, Mónica García, afirmaba en el marco de la defensa del aborto en la sanidad pública que «no existe el sufrimiento fetal». Con esta sentencia, la ministra no respondía a una cuestión médica, sino que dictaba un dogma. Ha decidido afrontar una realidad biológica y sanitaria desde la más estricta perspectiva ideológica, ignorando deliberadamente la evidencia científica para sostener un relato político.

Las cifras de este relato son escalofriantes, aunque la anestesia moral de nuestra época nos impida ver el drama. Cada año se practican en el mundo 73 millones de abortos. En España, los últimos datos consolidados nos hablan de más de 106.000 vidas truncadas anualmente. Estamos hablando de que uno de cada cuatro embarazos en nuestro país termina en un aborto. Si ante la erradicación de un cuarto de nuestra natalidad nadie se hace preguntas, si todo se despacha como la "fiesta de los derechos" y el aborto se ha normalizado hasta convertirse en el principal método anticonceptivo, es evidente que sufrimos un profundo problema humanitario. Hemos perdido el pulso de la compasión y la piedad.

Escribo estas líneas embarazada de 36 semanas. Es mi cuarto hijo y puedo afirmar, sin admitir refutación, que los bebés sienten. Leen el estado emocional de la madre, reconocen las voces de su familia, reaccionan a la música y padecen el estrés o el cansancio materno. Que no puedan exteriorizarlo con palabras no anula su capacidad de recibir y sentir. La propia ciencia médica lo avala: cuando se realizan cirugías fetales intraútero con el objetivo de curar, al feto se le administra anestesia. Se le trata, con toda lógica, como a un paciente al que hay que procurarle bienestar y evitarle el dolor.

Sin embargo, en una pirueta de macabra congruencia, cuando el objetivo de la intervención es la muerte del bebé, el sufrimiento fetal deja de importar. No se concibe al feto como un paciente digno de sedación porque el daño colateral es irrelevante frente al daño supremo: la erradicación de su vida. Sí, ministra; el sufrimiento fetal existe. Otra cosa es que su ideología necesite invisibilizarlo para que el procedimiento resulte aséptico y el final, que es la inexistencia de un ser humano, parezca un simple trámite.

Pero el drama del aborto no termina en la vida que se apaga; se extiende a la mujer que queda abandonada a su suerte. El sistema actual ha coronado el individualismo y la soledad crónica como régimen de Estado. Como sociedad y como administraciones hemos decidido mirar hacia otro lado frente a los problemas reales. Si una adolescente es echada de casa, si una mujer sufre abusos, si una madre soltera no tiene recursos económicos ni para alquilar una habitación, el Estado no se remanga. No interviene para ofrecer vivienda, estabilidad económica o una red de apoyo real.

En su lugar, el Estado ofrece una salida desoladora y barata: el aborto. Es el fracaso disfrazado de "derecho". Ante la incapacidad de solventar los problemas económicos, habitacionales o familiares que abocan a una mujer a esta situación límite, el sistema decide eliminar la raíz biológica del "problema". Se matan moscas a cañonazos y se aboca a mujeres vulnerables a cargar con una decisión irreversible porque quienes debían protegerlas las dejaron solas.

Frente a esta cultura del descarte y de la soledad institucionalizada, defender la vida, el matrimonio y la familia no es un capricho conservador; es la única verdadera resistencia. Es reivindicar que el ser humano necesita una red de amor, compromiso y apoyo mutuo que el Estado, con sus frías soluciones de quirófano, jamás podrá sustituir. Recuperemos la humanidad que hemos perdido, porque un país que no se conmueve ante el sufrimiento de los más indefensos es un país cuyo corazón, sencillamente, ha dejado de latir.

José Manuel y María
Desarrollo personal, liderazgo y familia sin mentiras.

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