Durante el siglo III y, sobre todo el IV, el Bajo Imperio experimentó una época de crisis provocada por complicados cambios políticos, sociales y económicos. Las ciudades presentaban un aspecto poco saludable y la productividad se limitó al mundo rural. La fiscalidad aumentó de forma desproporcionada y, como consecuencia, los pequeños propietarios se vieron obligados a vender sus terrenos a los grandes tenedores. La crisis se presentó de forma abrupta y en este contexto se generó el fenómeno bagauda, que se inició como una revuelta campesina cuyos integrantes vagaron por la Galia e Hispania, principalmente. A estos primeros campesinos se unieron esclavos huidos, delincuentes, indigentes y otros vecinos descontentos con la opresión a la que estaban siendo sometidos. De esta manera se generó la primera gran oleada de emigrantes por Europa.

La comparación con la actualidad no se sostiene, pero el precedente debería ponernos en preaviso frente a lo que está sucediendo en Europa y en España en particular. En unos días en los que el Gobierno ha propuesto una regularización masiva de inmigrantes, por cierto, en contra de todas las medidas que están tomando los países miembros de la Unión Europea, véase Suecia como ejemplo, los miembros del ejecutivo y los medios afines justifican la acción diciendo que en España hace falta mano de obra, y no es una medida humanitaria, ¡claro que no!, tampoco lo es porque en España haga falta mano de obra, al menos no como la que viene y ahora lo intentaré explicar.

El problema de la inmigración descontrolada es que por naturaleza es poco cualificada y de esa forma solo puede acceder a los puestos peor remunerados del sistema laboral. Esto no pasa solo en nuestro país, pasa en todos, y no es una medida sin moral humana o cristiana establecer un tipo mínimo de selección que, entre otras cosas, limite la entrada de delincuentes, que en muchos casos aprovechan las leyes laxas para penetrar y potenciar sus fechorías. Es más, la entrada masiva y las regularizaciones a la carta, sin pedir requisitos más que protocolarios, como se va a hacer ahora, van en contra del inmigrante.

En Europa, en general, hace falta cada vez menos mano de obra sin formación, la demanda de los trabajos actuales no se parece en nada a los de hace un siglo, ni siquiera a los de hace pocas décadas. La desindustrialización ha provocado que la formación del trabajador, en nuevos puestos que antes no existían, sea superior a la que solía ser. España tiene la suerte de ser un país con un sol extraordinario que genera una economía de servicios inmensa, y ahí es donde acaban gran parte de los inmigrantes con baja cualificación. Pero fuera de ese sector, pocos más quedan, quizás la agricultura y ganadería, pero ni en estos la demanda de mano de obra es masiva debido a la automatización de los grandes latifundios.

La izquierda también vende la llegada de inmigrantes como la solución para el pago de nuestras futuras pensiones y nada más lejos de la realidad. Si fuesen inmigrantes con sueldos altos, lo podríamos discutir, pero como la gran mayoría de los que llega lo hace con sueldos muy bajos, sus retenciones fiscales son mínimas y no cubren el gasto que generan. Es decir, estas personas que reciben salarios muy bajos, cubren a duras penas los gastos educativos, sanitarios y sociales. En realidad, se convierten en receptores de ayudas y subsidios. La consecuencia es que el estado de bienestar se ve mermado por deteriorarse la calidad de los servicios públicos.

A todo esto, hay que tener en cuenta un factor esencial, a mayor número de personas, mayor necesidad de vivienda. En un país en el que los políticos no liberalizan el suelo disponible, o le ponen unas trabas burocráticas que tarden años en solucionarse, aparece el problema actual de la vivienda: la llegada masiva provoca que la oferta de construcción de vivienda no sea suficiente, con el consiguiente aumento en los precios de inmuebles y alquileres. Luego el inmigrante recibe un castigo doble, por un lado, el bajo sueldo provocado por la cantidad de competencia en su nivel laboral y, por otro, el alto coste de la vivienda, lo que les provoca unas condiciones de vida muy alejadas del bienestar. Al final, la solución es la que el ser humano ha practicado desde la antigüedad, la formación de grupos reducidos que intentan sobrevivir, es decir, la formación de guetos. Barcelona es un claro ejemplo de lo que acabo de explicar. Y el problema de generación de guetos es que el inmigrante en estas condiciones no se integra nunca en la sociedad que le acoge, tal y como se ha podido comprobar en la Comuna parisina de Saint Denis.

La falacia del multiculturalismo no es aplicable en estas situaciones, ni siquiera lo fue en la España de las tres culturas, ese Toledo medieval cristiano, judío y árabe, hasta en esto hay ideología hoy en día, porque en aquella época la cordialidad entre las culturas aludidas no era precisamente la tónica habitual. En definitiva, si un político necesita votos que lo diga directamente, mejor dicho, que se los gane, pero que no camufle de necesidad lo que no es. Están jugando con vidas humanas, eso da idea del talante putrefacto de nuestros dirigentes actuales.

José Carlos Sacristán, Colaborador de Enraizados

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