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Fue a finales de 2025, concretamente en diciembre, cuando don Juan Carlos de Borbón y Borbón, rey emérito de España, anunció la publicación de sus memorias las cuales, editadas por Planeta, salieron a la venta con el título de “Reconciliación”

Las memorias de un ex Jefe de Estado, y con mayor razón si se trata de una figura clave dentro de la transición política española, serán siempre de interés no solamente para quienes deseen estar al día sino también para los historiadores que se dedican a investigar cuáles fueron las verdaderas causas de un importante acontecimiento político.

Hemos leído la obra con gran interés por la importancia que tiene conocer qué fue lo que pasó en el período que va entre la muerte de Franco y las primeras décadas de la Monarquía.

Un libro que se lee con agrado puesto que el autor, apoyado por Laurence Debray, hace amenos episodios que pudieran parecer intrincados y de explicación difícil.

Claro está que hasta el momento no ha subido nadie a la tribuna desmintiendo al emérito, razón por la cual hemos de pensar que -si acaso Juan Carlos cuenta la verdad- la obra tiene todas las características de una confesión.

Si un personaje de la vida reciente de España ha recibido grandes torrentes de lodo ese ha sido precisamente Juan Carlos I.

Es probable que muchos de quienes con tanta saña le atacan tengan parte de razón: ahora bien, considerando que “quien calla otorga” si el monarca emérito hubiera guardado silencio, su silencio no habría sido interpretado como un gesto de prudencia sino más bien como una confesión tácita apoyando a sus detractores.

Esa fue la razón por la cual, deseando poner a salvo su honor, por la cual Juan CarlosI publicó sus memorias.

Un personaje que, en el ocaso de su vida, desea limpiar su imagen y contribuir al conocimiento de la verdad histórica.

Y así pudimos enterarnos del gran respeto que Juan Carlos tiene hacia la figura de Francisco Franco, el todopoderoso gobernante español, a quien el rey emérito le debe el Trono.

Y también pudimos enterarnos de cómo Juan Carlos I fue el personaje principal del 23F y lo fue porque -gracias a su habilidad y don de gentes- logró convencer a los militares para que desistieran de su intentona golpista.

Juan Carlos recuerda cómo, recibiendo la herencia de Franco, fue él -y nadie más que él- el principal protagonista de la transición. Citamos textualmente:

“Me convertí en el Rey de una república coronada, con menos poder ejecutivo que el presidente de la República francesa. Reinaba, pero ya no gobernaba. El presidente del Gobierno tenía todos los resortes del poder. Seguí siendo el símbolo de la unidad y permanencia del Estado, el árbitro y moderador del buen funcionamiento de las instituciones, el jefe de las Fuerzas Armadas y el máximo representante de las relaciones internacionales. Conservaba el poder moral y simbólico, pero ya no tenía ningún poder efectivo….lo hicimos lo mejor que pudimos, siempre en interés de España. No todo fue perfecto, por supuesto, pero fue un hermoso momento de construcción, esperanza y vitalidad que me satisface haber dejado como legado a mi hijo” (Reconciliación. Planeta. Páginas 277 y 278)

En otra parte de sus memorias, el emérito recuerda como el desmantelamiento del antiguo régimen se hizo sin purgas odiosas.

No obstante, a la vista del momento actual, Juan Carlos reconoce con amargura como “hoy en día, hay quienes sienten la necesidad de redescubrir una “memoria histórica” como se dice. Mientras no se utilice por politiqueo o por venganza, y mientras contribuya a nuestra convivencia, puedo entenderlo, pero no es eso lo que he observado recientemente en las últimas decisiones gubernamentales, que de nuevo tienden a enfrentar a unos contra otros, a víctimas contra verdugos, cuando hemos movilizado tantos esfuerzos para poner fin a estos sufrimientos” (Idem. Página 262)

El amargo desengaño de un viejo monarca que quizás pecó de ingenuo al creer que se podía dialogar con las izquierdas. Un diálogo que, en el fondo le permite ganar tiempo a dichos grupos.

Y, una vez que han logrado su objetivo de conquistar el poder, las izquierdas se olvidan tanto del diálogo como de las promesas hechas para pisar a fondo el acelerador.

Eso es lo que ocurre hoy en España. Gracias a la buena fe de un ingenuo, las izquierdas han recobrado las posiciones perdidas y, según parece, no están dispuestos a perderlas.

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