El escenario socioeconómico y cultural contemporáneo de las sociedades occidentales está marcado por la mutación de las dos grandes corrientes ideológicas de la modernidad: el marxismo y el capitalismo.
En sus configuraciones contemporáneas -como neomarxismo y neocapitalismo (o turbocapitalismo)- ambos modelos han superado el antagonismo que caracterizó el siglo XX en torno a la propiedad de los medios de producción, alcanzando una convergencia operativa en el plano de la estructuración social, la soberanía nacional y la concepción del ser humano.
El neocapitalismo constituye la fase financiarizada, globalizada y desregulada del capitalismo de mercado, el neocapitalismo ha desvinculado la acumulación de riqueza de las estructuras productivas territoriales y de la mediación del Estado-nación.
“Una economía o sociedad financiarizada es aquella en la que el sector y la lógica financiera dominan por encima de la economía real, productiva, industrial o agrícola”
Su imperativo sistémico es la erradicación de cualquier barrera arancelaria, fronteriza, legal o moral que obstaculice la circulación instantánea del capital, de los bienes de consumo y de la mano de obra, elevando el valor de cambio (capacidad de un bien económico para ser intercambiado) por encima de la utilidad social o el valor de uso.

En este esquema, el ser humano queda subsumido bajo la categoría de factor de producción optimizable y consumidor permanente.
Por su parte, el neomarxismo representa la evolución de la praxis socialista tras el fracaso del modelo soviético y la constatación de que la predicción del colapso económico del capitalismo no se cumplió en las sociedades desarrolladas.
Influenciado por la Escuela de Fráncfort (grupo de pensadores alemanes que fundaron la Teoría Crítica para analizar y cuestionar la sociedad capitalista del siglo XX) y las formulaciones sobre la hegemonía cultural de Antonio Gramsci (fundador del Partido Comunista de Italia y desarrollador del concepto de hegemonía cultural), el neomarxismo desplazó el núcleo del conflicto desde el choque de clases productivo (proletariado frente a burguesía) hacia el terreno de la deconstrucción socio-cultural.
Su programa prioritario se orienta a la disolución de las supraestructuras tradicionales de Occidente: la nación soberana, la institución familiar, la religión organizada y las identidades locales.
Convergencia de ambas ideologías
Mientras el neocapitalismo requiere un mercado laboral completamente flexible, desterritorializado y exento de trabas normativas, el neomarxismo aporta el marco axiológico y la narrativa moral que legitima dicho escenario.
La deconstrucción neomarxista de la familia tradicional, del sentimiento patrio y de los valores trascendentes suministra al neocapitalismo el prototipo humano ideal para la fase turbocapitalista: un individuo hiperindividualizado, desvinculado de cargas familiares duraderas, geográficamente móvil y desprovisto de una identidad comunitaria.
La retórica del progresismo sociocultural actúa como una supraestructura ideológica que encubre y facilita la precarización económica del factor trabajo, convirtiendo la disolución de las fronteras físicas y morales en una causa falsamente emancipadora que beneficia objetivamente a las corporaciones transnacionales.
Ambas ideologías convergen en los siguientes aspectos:
Reducción de la persona a unidad de producción/consumo sin resistencia cultural o sindical.
Desmantelamiento de las regulaciones laborales soberanas y del Estado del bienestar nacional.
Debilitamiento del colchón económico de solidaridad intergeneracional y desplome de la natalidad.
Depresión del nivel salarial de las clases trabajadoras e incremento de la precarización.
Negación de la dignidad del ser humano y supeditación de la vida al imperativo económico.
Denuncia de tal convergencia por parte de la filosofía crítica y la DSI
Esta simbiosis socioeconómica ha sido advertida y denunciada por destacados pensadores de la cultura y por el magisterio de la Iglesia Católica, instituciones que señalan a este híbrido como una amenaza directa contra la dignidad humana y la cohesión social de Occidente.
Desde el campo de la filosofía política, el pensador italiano Augusto Del Noce anticipó teóricamente la formación de esta convergencia. Del Noce analizó cómo la sociedad contemporánea absorbía la matriz atea y materialista del marxismo —la negación radical de la trascendencia y la reducción de la realidad sociopolítica— pero despojándola de la utopía revolucionaria del proletariado. Creando un orden social en el que el materialismo neomarxista se convierte en la ideología oficial de la burguesía neocapitalista.
Siguiendo esta línea de crítica filosófica, Diego Fusaro sostiene que el "turbocapitalismo" ha integrado la agenda progresista del neomarxismo para consolidar un régimen de dominación sin oposición, donde las fuerzas de izquierda tradicional abandonan la lucha contra la explotación económica para asumir la defensa de las necesidades de movilidad del capital global, tachando de retrógrada cualquier resistencia laboral o comunitaria arraigada en la soberanía nacional.
Paralelamente, el Cardenal Robert Sarah ha sido una de las voces más firmes dentro de la Iglesia en denunciar la connivencia ideológica que sustenta la desestructuración de las sociedades desarrolladas. Sarah ha señalado explícitamente que la presión por abrir las fronteras de manera indiscriminada responde a una alianza entre la retórica neomarxista del falso humanismo y la voracidad del capitalismo globalista, que busca instrumentalizar a los migrantes vulnerables como "mano de obra de bajo coste", como forma moderna de esclavitud.
Esta postura crítica entronca directamente con el corpus doctrinal de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI), el cual ha mantenido desde el siglo XIX una sistemática enmienda a la totalidad tanto al colectivismo marxista como al liberalismo económico radical.
León XIII en Rerum Novarum (1891) estableció la condena del socialismo por atentar contra el derecho natural a la propiedad privada y disolver la estructura familiar, pero denunció simultáneamente la concentración del capital que sometía a los trabajadores a condiciones indignas.
Pío XI en Quadragesimo Anno (1931) reafirmó la perversidad intrínseca del comunismo y acuñó la condena contra el "imperialismo internacional del dinero", una oligarquía financiera transnacional que dictaminaba el crédito y la economía al margen del bien común.
San Juan Pablo II en la encíclica Centesimus Annus (1991) rechazó tajantemente la idea de que la derrota del "socialismo real" dejara al capitalismo radical como la única alternativa válida. El pontífice advirtió contra una ideología capitalista ciega que confía la resolución de los problemas de marginación a las fuerzas del mercado.
Benedicto XVI en Caritas in Veritate (2009) insistió en que el mercado no debe convertirse en el ámbito donde el fuerte avasalla al débil, exigiendo que toda la vida económica esté gobernada por una ética centrada en la persona humana y el bien común.
Finalmente, el Papa Francisco en Fratelli Tutti (2020) ha cargado contra los dogmas del neoliberalismo económico que reducen a la persona a un bien inservible cuando no resulta rentable para la producción, denunciando la "cultura del descarte" que impera en la confluencia globalista contemporánea.
Vicente Medina Prados
Colaborador de Enraizados
