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Dolos era aprendiz de Prometeo, benefactor de la humanidad, conocido por haber robado el fuego a los dioses y entregarlo a los mortales. Prometeo esculpió una figura de barro que representaba a Aletheia, la Verdad. La estatua era de una belleza inigualable.

Dolos aprovechó un viaje de Prometeo para observar el trabajo de su maestro con gran atención y, movido por la fascinación, decidió crear su propia versión. Para ello, copió cada detalle que había memorizado de la escultura de su maestro. Cuando Prometeo regresó, a la figura de barro de Dolos solo le faltaba por terminar los pies. 

Prometeo vio las dos esculturas, la suya perfecta y la de Dolos inacabada, y decidió darles vida. El resultado fue curioso: la figura de Dolos caminaba de forma imperfecta debido a sus pies incompletos, pero su apariencia exterior era casi idéntica a la original.

La historia cuenta mucho diciendo poco. No hace falta una falsedad clarísima para engañar a los más sabios. Basta con una copia lo suficientemente buena. 

Me parece que nuestro Dolos particular, el Presidente al que hasta me cuesta nombrar, es un adorador singular de la divinidad, que aunque menor, representa Dolos en la mitología griega. No me apetece hablar de la invasión de Ceuta, ¡nunca crisis migratoria por favor!, ni de los problemas con la justicia de su partido, de su hermano, de su esposa, de sus ministros y de todo lo que deambule por su entorno, pero sí hacer alguna reflexión.

Una de las habilidades de Dolos era la practicar el engaño activo e intencionado con una habilidad propia. Exactamente igual que comenzó su primera legislatura nuestro Presidente, quien con ese aspecto oblongo y longilíneo, venía a ser una mezcla de Rodolfo Valentino y Marlon Brando, a la española, con una labia fluída, que no persuasiva, que con el paso de los años llegó a convertirse en verborrea sofista.

A Dolos también se le atribuía una descendencia que encarnaba la mentira y la falsedad. Se denominaron los Pseudologoi, es decir, las mentiras personificadas en plural. En el caso del inquilino monclovita no me voy a referir a sus hijas, pero sí a los hijos políticos del matrimonio Sánchez-Gómez, los acólitos agradecidos de sus ministros o ministrables, y demás tuercebotas y, doblaesquinas que les acompañan y aconsejan en sus labores de gobierno.

Fíjense si nuestros gobernantes tienen como referente a Dolos, aunque no lo sepan, que éste tenía la capacidad activa de construir una realidad alternativa  e imponerla sobre la percepción ajena. ¿Cuántas veces nos hemos preguntado si nuestro Presidente está en nuestro planeta o en otro lejano, porque lo que dice nada tiene que ver con la realidad? Es más, su principal habilidad, al menos la que se le puede atribuir y en más de una ocasión lo consigue, es otra en la que también emula a Dolos: el engaño más peligroso no es el que se opone frontalmente a la realidad, sino el que la imita con suficiente fidelidad como para confundirse con ella. En esto he de reconocer que alguna ocasión supera a Dolos.

Y como no puede ser de otra manera, Pedro Sánchez (Odiseo) tiene su alter ego en su amada Begoña Gómez (Penélope). Ésta última es la personificación de la diosa griega Apate que se caracterizó por fomentar el engaño entre personas, la decepción afectiva y la manipulación. Las similitudes entre ambas son de tal magnitud que parece que Apate se ha reencarnado, en el siglo XXI, en nuestra “primera dama”.

A Apate, también se le atribuye la capacidad de engañar a través del lenguaje, la seducción y la persuasión falsaria. Begoña es más bien una copia de segundo nivel, un tanto grotesca y con tintes de pseudopersuasión basada en sofismas.

No habría hecho falta recurrir a la mitología griega para recordar lo que nos ha tocado con este gobierno de incapaces y malintencionados. Me podría haber quedado en la literatura picaresca española de nuestro glorioso siglo XVII. He preferido no hacerlo por respeto a un género tan noble como el que representa.

Sólo me queda una cosa por recordar a nuestro ilusionante Presidente. La estatua que creó Dolos, con sus pies inacabados, simboliza que el engaño siempre tiene una fisura, un punto débil por el que se pone a descubierto si se mira con atención. Luego que se aplique el cuento porque la fortuna no le va a sonreír de forma eterna. Afortunadamente no ha bajado del Olimpo.

José Carlos Sacristán, Colaborador de Enraizados

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