Se cuentan por miles los españoles asesinados por defender la fe católica y una España católica durante la II República española.  

Sus últimas gotas de sangre, sus últimos suspiros fueron por una España siempre católica. La inmensa mayoría murieron convencidos del florecimiento de una España que jamás se vería tiranizada por un régimen satánico o contrario a la fe, cimentándose nuestra Patria católica con el sacrificio de sus vidas. 

Esa sangre nos interpela a todos los españoles y, muy particularmente, a clérigos y religiosos, los grandes protagonistas de la persecución.  

Conviene no olvidar nada de lo dicho para que nuestra “salud democrática” no enferme. 

La “salud democrática” es esa de la que somos campeones en España y con cuyos votos, salidos de las mayorías parlamentarias, se nos procuran leyes amorales que aprueban disponer de la vida del nasciturus, del débil, viejo o enfermo; amnistiar a delincuentes, ocupar impunemente propiedades privadas, premiar con permisos de residencia y nacionalidad española a los que asaltan nuestras fronteras y nos imponen su cultura y religión. 

Preocupa mucho en algunas esferas e instituciones eclesiásticas la “salud democrática” hasta tal punto que, en aras de esa “salud democrática,” desoyen las palabras de Benedicto XVI cuando proclamaba “el derecho propio de los Estados a regular los flujos migratorios con justicia, con solidaridad y con sentido del bien común”. Nos olvidamos de esas palabras a conveniencia y ayudamos a violentar la Carta Magna promoviendo una ILP que impulsa a regularizar a más de medio millón de desconocidos que han entrado en España ilegalmente. Subrayamos, ilegalmente.  

También subrayamos las palabras del Cardenal Sarah, gran conocedor de los flujos migratorios, cuando dice que “si bien cada inmigrante es un ser humano que debe ser respetado, la situación se vuelve más compleja si pertenecen a otra cultura u otra religión y ponen en peligro el bien común de la nación (…) no se puede cuestionar el derecho de cada nación a distinguir entre un refugiado político o religioso que se ve obligado a huir de su propia tierra, y ‘el migrante económico que quiere cambiar su lugar de residencia’ sin adaptarse a la nueva cultura en la que vive”. 

Nos preguntamos ¿dónde está la dignidad del ser humano si favorecemos el desarraigo familiar, cultural y territorial, ayudamos a incrementar el paro, el empobrecimiento, la miseria económica y el enfrentamiento social con culturas incompatibles con la cristiandad?. 

La doctrina de la Iglesia no es compatible con los errores que van contra la fe, su misión y su meta no es robustecer esa que ahora llaman “salud democrática”. 

Por eso lo peligroso y extraño es que metiéndose en jardines ajenos a su misión, esto es a la evangelización, quienes deberían estar frontalmente en desacuerdo con iniciativas que promueven agendas globalistas, que debilitan la tradición cristiana, tal y como hace el gobierno junto con sus socios separatistas y marxistas, empecinados en destruir España… sean los mismos que, a la sazón, eran asesinados por odio a la fe católica, los que las pidan entusiasmadamente. 

La “salud democrática” no se robustece con una ILP disfrazada de solidaridad (la caridad empieza por uno mismo, pero hace tiempo que jerarquía e instituciones eclesiásticas, mudaron la caridad por la falsa solidaridad)  y que enarbola una supuesta protección de la dignidad del hombre.  

Lo que se nos pide es ser buenos discípulos de Cristo porque la “salud democrática” no aparece en los Evangelios ni por activa ni por pasiva. 

Lamentablemente, echamos en falta que se alce la voz en los púlpitos, se invada la programación de radios y televisiones católicas y se formen largas colas en la parroquias para firmar, no la regularización de quienes entran ilegalmente en España, sino iniciativas encaminadas a: (a título de ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivas):  

  • Proteger la familia del Génesis (varón y mujer los creó) 

  • Derogar leyes asesinas como la del aborto y la eutanasia. 

  • Proteger los sentimientos religiosos de los cristianos y castigar severamente el ultraje y retirada de cruces.

  • Defender hasta el último aliento los Acuerdos firmados que impidan violar los templos católicos y Basílicas Pontificias, como la del Valle de los Caídos. 

  • Respetar el descanso de los muertos, sin que se profane tumba alguna y menos en lugares sagrados. 

  • Celo e inquietud para que a ningún creyente se nos prive ni de la Santa Misa, ni de los sacramentos. 

El Amor y no la ”salud democrática” es el distintivo de los cristianos, pero no se trata -como dice Juan Manuel de Prada – de amar espléndidamente a la humanidad, olvidándonos del prójimo.  

No debemos dejarnos engañar por falsas compasiones, pero sí debemos defender la Verdad con radical firmeza. 

Hermanas Pellicer de Juan, Colaboradoras de Enraizados

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