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Hay noticias que parecen escritas por un novelista satírico, pero que, por desgracia, proceden de la actualidad política. Las Hermanitas de los Pobres, una congregación nacida para cuidar a ancianos sin recursos, podrían verse obligadas a cerrar algunas de sus casas en Francia si la nueva legislación sobre el final de la vida termina imponiendo en sus residencias la posibilidad de practicar la eutanasia o de colaborar con ella. Dicho en lenguaje administrativo: un problema de encaje normativo. Dicho en lenguaje humano: quienes han dedicado su vida a acompañar al débil podrían ser expulsadas por negarse a facilitar su muerte.

La cosa tiene su ironía, aunque sea una ironía negra, negrísima. Durante décadas, estas religiosas han hecho aquello que la civilización moderna dice admirar: cuidar al vulnerable, acompañar al anciano, lavar la herida, sostener la mano, escuchar el miedo, estar junto a quien ya no produce, ya no vota con entusiasmo, ya no consume demasiado y ya no encaja en la fotografía sonriente del progreso. Y ahora, precisamente por tomarse en serio el verbo cuidar, pueden convertirse en un estorbo. Porque el nuevo humanitarismo oficial ha descubierto una forma muy curiosa de compasión: cuando el sufrimiento molesta, no siempre se elimina el sufrimiento; a veces se elimina al sufriente.

La izquierda política lleva años fabricando palabras mullidas para esconder realidades duras. Primero fue el aborto, presentado como salud reproductiva. Luego la eutanasia, presentada como muerte digna. Después vendrá, si nadie lo remedia, la obligación moral de no molestar demasiado, de no ocupar cama, de no costar dinero, de no entristecer a los sanos con la presencia obstinada de los enfermos. Todo muy limpio, todo muy moderno, todo muy garantista, todo muy europeo. Con formularios, comités, protocolos y una sonrisa institucional. Porque en nuestro tiempo incluso la muerte provocada necesita pasar por ventanilla.

Pero el caso de las Hermanitas de los Pobres introduce una cuestión todavía más profunda: no se trata solo de si el Estado permite la eutanasia, sino de si el Estado puede obligar a quienes creen que matar no es cuidar a comportarse como si lo fuera. Ahí está la última frontera. Primero se dijo: usted puede pensar lo que quiera, pero la ley permitirá esto. Después: usted puede abstenerse personalmente, pero su institución tendrá que permitirlo. Y mañana, quién sabe: usted podrá rezar en privado, siempre que no incomode al nuevo sacramento civil de la muerte asistida.

Las Hermanitas de los Pobres podrían tener que abandonar Francia por la polémica Ley de Eutanasia

La objeción de conciencia, cuando se concede únicamente al individuo y se niega a las instituciones, se convierte en una especie de permiso doméstico para no escandalizar demasiado al poder. A un médico se le tolera que no participe. Pero a una residencia católica, a un hospital confesional, a una obra nacida de una visión cristiana del hombre, se le dice que su identidad termina donde empieza el BOE francés. La conciencia queda reducida a un asunto íntimo, casi decorativo, como una estampa en la mesilla de noche. La institución, en cambio, debe rendirse. Tiene que abrir la puerta, poner la habitación, facilitar el procedimiento y, si es posible, no arrugar mucho el mantel. Si Santa Teresa de Calcuta viviese esta situación, ¿qué haría?

La paradoja es descomunal. Las Hermanitas de los Pobres no se fundaron para gestionar almacenes de ancianos, sino para servir a personas. No son una franquicia geriátrica con velo, sino una respuesta concreta a una necesidad concreta: cuidar a quienes nadie quería cuidar. En una sociedad agradecida, se las protegería. En una sociedad enferma de ideología, se las amenaza con convertirlas en colaboradoras de aquello que contradice su misión. Es como exigir a un bombero que prenda fuego al edificio para demostrar su compromiso con la libertad térmica de los inquilinos.

Los defensores de estas leyes suelen repetir que nadie será obligado. Es una frase preciosa, de esas que quedan estupendamente en rueda de prensa. Nadie será obligado. Nadie, salvo el centro que tenga que permitirlo. Nadie, salvo la institución que deba reorganizarse. Nadie, salvo quienes tengan que callar para conservar licencias, contratos o financiación. Nadie, salvo todos aquellos que, sin empuñar la jeringuilla, acaben formando parte de la cadena. La coacción moderna rara vez entra dando un portazo; suele llegar con una circular, un plazo de adaptación y un membrete oficial.

Conviene decirlo con claridad: cuidar no es matar. Acompañar no es abreviar. Aliviar el dolor no es provocar la muerte. La medicina, la enfermería, la asistencia social y la caridad cristiana han nacido para servir a la vida vulnerable, no para certificar que algunas vidas ya no merecen ser vividas. La respuesta humana al sufrimiento no puede ser convertir la eliminación del que sufre en una prestación más. Eso no es compasión. Eso es rendición cultural envuelta en papel sanitario.

La eutanasia se presenta siempre como una decisión individual, libre, excepcional y rodeada de garantías. El problema es que las leyes de este tipo nunca se quedan quietas. Primero se aprueban para casos extremos. Después se normalizan. Luego se amplían. Más tarde se convierten en un derecho. Finalmente, quienes se niegan a participar pasan a ser sospechosos de insensibilidad, fanatismo o crueldad. La pendiente no hace falta inventarla: basta mirar cómo se transforma el lenguaje público. Lo que ayer era impensable hoy es legal; lo que hoy es legal mañana será obligatorio de facto; y lo que mañana sea obligatorio se enseñará pasado mañana como conquista de la civilización.

Y aquí la derecha europea, incluida la española, debería dejar de mirar al suelo. Porque la izquierda empuja, sí. Pero la derecha demasiadas veces administra la derrota, conserva la silla y bendice con silencio lo que antes decía combatir. Se indigna en campaña, se modera en el gobierno y se acomoda en la oposición. Así se ha construido buena parte del paisaje moral de Europa: unos avanzan con excavadora ideológica y otros prometen poner conos reflectantes para que el derribo resulte más ordenado.

En España sabemos algo de eso. Se aprobaron leyes de aborto y eutanasia, se consolidaron marcos mentales, se aceptaron palabras tramposas, se dejó que el debate se cerrara antes de empezar. Luego, cuando alguien intenta recordar que la vida humana no depende de la utilidad, de la autonomía perfecta o del aplauso parlamentario, se le mira como a un fósil. Pero los fósiles, al menos, recuerdan que hubo un mundo anterior. Y quizá ese recuerdo sea hoy más necesario que muchas campañas institucionales.

Lo que está en juego no es solo el futuro de unas residencias religiosas en Francia. Lo que está en juego es si todavía existe un espacio real para quienes creen que la dignidad humana no se mide por la salud, la edad, la productividad, la autonomía o el cansancio. Si una obra de caridad dedicada a los pobres y ancianos no puede seguir funcionando sin traicionarse, entonces el mensaje es brutal: en la nueva sociedad compasiva se tolera a los cristianos siempre que no ejerzan demasiado de cristianos.

A las Hermanitas de los Pobres se les podría estar diciendo, en el fondo, algo muy sencillo: pueden cuidar, pero no pueden impedir que nuestro concepto de cuidado entre en su casa; pueden rezar, pero no pueden hacer de su conciencia una regla institucional; pueden existir, pero no demasiado. Es la libertad religiosa convertida en libertad ornamental. Una libertad para colgar crucifijos, cantar bajito y sonreír al inspector, pero no para organizar una obra según una visión del hombre que contradiga al poder.

La batalla de fondo es antropológica. Para una cultura cristiana, el anciano enfermo no es un residuo biológico en fase de despedida, sino una persona. Para el utilitarismo contemporáneo, puede convertirse poco a poco en un caso clínico, una cama ocupada, un coste, una tristeza administrada, una vida con poca calidad según baremos que otros diseñan desde despachos cómodos. Ahí nace la gran mentira: llamar dignidad a desaparecer cuando uno empieza a necesitar demasiado a los demás.

Por eso este caso debería importarnos. No porque todas las personas tengan que compartir la fe de las Hermanitas, sino porque todos deberíamos temer a un Estado que no se conforma con permitir el mal, sino que empieza a exigir colaboración con él. Hoy se les pide a unas religiosas que no estorben. Mañana se pedirá a médicos, enfermeros, farmacéuticos, colegios, hospitales y familias que no hagan preguntas. Pasado mañana se acusará de falta de humanidad a quien se empeñe en recordar que la muerte provocada no es un tratamiento.

La última frontera no es legalizar la eutanasia. La última frontera es expulsar a quienes se niegan a matar. Y si esa frontera se cruza, no estaremos ante un avance de la libertad, sino ante su caricatura más siniestra: una sociedad que presume de tolerancia mientras no tolera la conciencia; que presume de compasión mientras aparta a quienes cuidan; que presume de progreso mientras enseña al débil la puerta de salida.

Las Hermanitas de los Pobres no son el problema. Son el espejo. Y quizá por eso molestan tanto. Porque muestran, sin pancartas y sin gritos, que existe otra respuesta al sufrimiento: quedarse. Permanecer. Cuidar. Acompañar. Servir. No acelerar la muerte, sino hacer menos solitaria la vida que queda. Frente a la cultura del descarte con bata blanca y sello oficial, su sola existencia es una acusación silenciosa. Y hay silencios que el poder no soporta.

Las Hermanitas no viven de ello. Viven de la caridad. Caridad significa amor y amor necesitamos todos. Si se las obliga a abjurar del amor al prójimo, tendrán que irse a otro lugar donde puedan amar sin restricciones, No pueden quedarse y matar a los que aman. 

En Francia va a convertir a los centros de mayores en verdaderos mataderos. ¿Cuánto tardará España en imitarlos? Cada vez somos más esclavos de la muerte…

Por eso conviene decirlo antes de que los burócratas lo conviertan todo en expediente: UNA CIVILIZACIÓN QUE EXPULSA A QUIENES CUIDAN PORQUE SE NIEGAN A MATAR NO SE HA VUELTO MÁS LIBRE. SE HA VUELTO MÁS PELIGROSA. Y cuando los pobres, los ancianos y los enfermos descubran que la compasión oficial puede venir acompañada de una jeringuilla, tal vez sea demasiado tarde para entender que el verdadero progreso no consistía en abrir caminos hacia la muerte, sino en no abandonar nunca a quienes más necesitan vivir acompañados.

Si estás leyendo esto, y te toca un poco el corazón, REBELATE, ¡¡¡DI NO!!!

Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra, Colaborador de Enraizados, Coordinador plataforma Siemprevida.org

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