Este domingo celebramos el Domingo de la Divina Misericordia. Como sabes, fue una fiesta litúrgica incorporada por el papa Juan Pablo II sobre las revelaciones de santa Faustina Polawska.

Se trata de subrayar la misericordia de Dios en un mundo desesperanzado. En realidad no hay novedad sobre el “feliz culpa” del pregón Pascual. Pero san Juan Pablo II quería subrayarlo. Quizás porque percibió que el mundo necesitaba más que nunca de la misericordia de Dios.
Quizás porque los cristianos necesitábamos escuchar que Dios no se cansa de perdonarnos. Y que no hay pecado que no pueda perdonar. Ninguno. Con Cristo hay Esperanza. Siempre.
Y eso nos permite renacer de nuevo, comenzar de cero. Porque Él “hace nuevas todas las cosas”. ¿No es genial?
Tal vez haya quien piense que es demasiado fácil, poco exigente. Que el cristianismo así entendido es un ‘chollo’. No se equivoca. Es un chollo. Porque por muy abajo que te sientas, Dios siempre te ofrece su mano para sacarte del pozo. Siempre. Sólo tienes que cogerla.
Y eso exige humildad para reconocer el error y arrepentimiento sincero. Pero con la certeza de que a quien más peca, más misericordia recibe. Por eso aquello de “las prostitutas os precederán en el Reino”. No era retórica, sino realidad: la prelación divina se establece por orden de miseria reconocida. A mayor miseria reconocida, mayor misericordia…
Por tanto no se rebaja el criterio moral ni equivale a relativismo moral. El pecado es grave en tanto supone una afrenta del hombre a Dios. Pero la Misericordia de Dios es más fuerte que nuestro pecado. Mucho más. Infinitamente más.

Por eso vale la pena vivir esta festividad en plenitud. Aprovechar la indulgencia plenaria que se concede tras confesar y comulgar. Para empezar de nuevo. Limpios. Inmaculados. Bendecidos. Como Dios quiere.
Disfruta el domingo. Y la indulgencia. Y la misericordia. ¡Menudo regalazo!
Un fuerte abrazo,
Luis Losada, director de Actuall y todo el equipo
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