Hay dolores que apenas se ven, pero que atraviesan el corazón con una fuerza difícil de explicar. Uno de ellos es el dolor silencioso de una madre que pierde a su hijo durante el embarazo. No importa que hayan pasado pocas semanas o algunos meses. Desde el momento en que una mujer descubre que una nueva vida crece dentro de ella, algo profundamente humano comienza a desplegarse: la maternidad.
La maternidad no es simplemente un proceso biológico. Es una relación que empieza mucho antes de ver el rostro del hijo. Empieza en el silencio del corazón, en la imaginación, en los sueños que nacen de forma casi espontánea. La madre empieza a hablarle a ese hijo que todavía no puede responder, a imaginar cómo será, a protegerlo incluso antes de conocerlo.
Por eso, cuando un embarazo termina de forma inesperada, el mundo interior de una madre se tambalea. El dolor no es solo físico. Es un vacío que cuesta explicar con palabras. Muchas madres describen esa sensación como si algo se hubiera apagado dentro de ellas, como si un capítulo de su vida se hubiera cerrado demasiado pronto.
Cuando una madre pierde a su hijo de manera natural, su dolor suele estar lleno de preguntas. Es el dolor del amor interrumpido, el duelo de una vida que empezaba a florecer. También sufre el padre. Aunque a menudo se hable menos de ello, el padre también había comenzado a imaginar a su hijo, y vive el momento con tristeza e impotencia mientras intenta sostener a la madre.

Existe, sin embargo, una diferencia profunda entre el dolor de una madre que pierde a su hijo por un aborto espontáneo y el sufrimiento que muchas mujeres experimentan después de un aborto provocado.
Cuando la pérdida no ha sido elegida, el corazón llora una ausencia. Pero cuando una mujer se ve empujada, presionada o acorralada por su entorno para terminar con el embarazo, la herida puede ser distinta. Muchas mujeres han contado que en aquellos momentos se sintieron solas, convencidas de que no tenían otra salida.
En cambio, en el duelo por un aborto espontáneo aparece otro camino interior. Con el tiempo, muchas madres descubren que el amor que sintieron por ese hijo no desaparece. Permanece. Se convierte en una memoria luminosa que forma parte de su vida.
Cuando la madre es creyente, la fe puede abrir una puerta inesperada de consuelo. Pensar que ese hijo vive en Dios puede transformar poco a poco el dolor en esperanza. Muchas madres encuentran paz cuando pueden rezar por su hijo, darle un nombre o simplemente recordarlo con amor, o ambas cosas a la vez.
Porque el amor de una madre no depende del tiempo que haya vivido su hijo. A veces bastan unos pocos meses para que ese amor exista para siempre.
Un querido amigo me confía el poema hecho por su esposa después de haber perdido a su hija a los tres meses y medio del embarazo. Es un testimonio del desgarro que produce la pérdida de un hijo, pero también un testimonio del inmenso amor de esa madre que ya sentía a su hija dentro de ella. Ya la amaba sin verla. Eso solo puede hacerlo una madre. Un privilegio que los hombres nunca tendremos. Dice así:
A Bárbara:
Que sensación más extraña
No la puedo describir
Deseándote y sin tenerte
Has dejado de existir.
No te busqué, Dios lo sabe,
pero te hiciste notar
y sabiéndote en mí misma
te había empezado a amar.
Yo, ya te había aceptado
yo, te comencé a querer
yo, brotaba en ilusiones
de que seriáis tres.
Y sin conocer tu sexo,
pues a mí no me importaba,
comencé a recuperar la ropa
que ayer prestara.
Tú me tuviste que ver
con qué cariño doblaba
uno a uno los jerséis,
las botitas y los picos
y algún que otro pijama.
Ya me veía contigo
acurrucada en la cama
protegiéndote, cuidándote
y limpiándote las cacas.
Te soñaba entre mis brazos
como mi bebe del alma
tu padre estaba contento
tus hermanos preguntaban
que ¿cómo era el bebe?
¡Jo! Cuanto lo que tardaba
y así pasaban los días,
y yo, más acariciaba
la idea de conocerte.
Te sentía por las noches
mi mano se deslizaba
acariciando mi vientre
parecía que te gustaba.
Me habría saciado tanto
el poderte trasladar
emociones, sentimientos,
sentir la maternidad.
Porque, aunque yo se lo expliqué
a tus hermanos y a papá,
algo tan maravilloso
no lo pueden degustar.
Lo ibas a tener todo,
incluso serias mamá.
Si me hubieran concedido
contigo poder hablar
y disuadirte con cariño
de tu decisión fatal.
No sé por qué me abandonas,
no te he hecho ningún mal,
no sabes los malos ratos
que me vas a hacer pasar.
No me ofendes, no me mimas
mi cuerpo queda normal
pero si un alma tenía
hecha pedazos está.
¡Qué sensación más extraña!
no la puedo describir
desearte y sin tenerte
has dejado de existir.
Este poema refleja con una sinceridad desgarradora el corazón de una madre que ya amaba profundamente a su hija antes incluso de verla. Ese amor, que había empezado a crecer silenciosamente junto con el embarazo, no desaparece cuando llega la pérdida. Permanece.
Luego, con el paso del tiempo, esta madre tuvo otro hijo, amado, deseado, querido y que llenó más su corazón, y que hoy, junto a sus otros hermanos, aman a su madre y a la hermana que no pudieron conocer, Barbara, pero que ya forma parte indisoluble de la familia.
Eso es la maternidad: un amor que nace antes de los brazos y que no muere, aunque el hijo no llegue a nacer.
Quizá por eso las madres que han perdido un hijo saben algo que el mundo olvida con demasiada facilidad: que cada vida, por pequeña que sea, deja una huella eterna.
Porque un hijo que ha sido amado una vez ya nunca desaparece del todo. Vive para siempre en el corazón de su madre.
CON UN GRITO ANIMO A “TODAS LAS MADRES”, QUE TIENEN A UN HIJO EN SU VIENTRE, A QUE LOS AMEN, Y SI DESPUÉS PUEDEN ABRAZARLOS, AÚN MÁS…Y ESTE MUNDO SERÁ MUCHO MÁS HUMANO.
Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra
Colaborador de Enraizados
Coordinador de SIEMPREVIDA.ORG