La expresión “es la economía, estúpido”, popularizada en la campaña de Bill Clinton en 1992, no era una frase brillante para lucirse en un mitin. Era una orden interna, casi un recordatorio obsesivo: deja de distraerte y céntrate en lo que realmente mueve el voto. No en lo que debería moverlo, no en lo que sería más noble, sino en lo que efectivamente lo mueve. Y funcionó. Funcionó porque la política, nos guste o no, no es un concurso de verdades, sino un sistema de poder.
El aborto, la eutanasia y los métodos reproductivos que producen la muerte de embriones son un problema de tipo ético. No son un problema económico. Sin embargo, de poco sirve explicarlo, argumentarlo o incluso demostrarlo científicamente si eso no tiene traducción política. Podemos reformular aquella frase sin ningún tipo de complejos: “no es la ética, no es la moral, no es la ciencia, es la política, estúpido”.

Porque es la política la que decide qué se legisla, qué se financia, qué se protege y qué se elimina. Es la política la que convierte una idea en ley, una ley en costumbre y una costumbre en algo aparentemente intocable. Y mientras no se actúe en ese terreno, todo lo demás es, en términos prácticos, irrelevante.
Aquí entra la pregunta que de verdad importa: ¿cuántos somos? España tiene aproximadamente 37 millones de electores. En unas elecciones generales normales, votan entre 24 y 26 millones de personas. Esa es la realidad. Ese es el tablero. Ese es el único lenguaje que entiende la política.
Si un colectivo es capaz de movilizar 500.000 votos, empieza a ser visible. Si moviliza 1 millón, empieza a ser relevante. Si moviliza entre 1,5 y 2 millones, se convierte en determinante en múltiples circunscripciones. Y si supera los 2 millones, pasa a ser un factor estructural del sistema político.
Ahora bien, ¿cuántos de esos votos existen realmente en el ámbito provida? ¿Cuántos son votos firmes, coherentes y disciplinados? ¿Cuántos están dispuestos a cambiar de opción política en función de este tema? La respuesta honesta es incómoda: no lo sabemos con precisión.
Y ese desconocimiento es devastador. Porque en política, lo que no se mide, no existe. Lo que no se cuantifica, no se negocia. Lo que no se organiza, no influye.
Existen estudios sociológicos que apuntan a que entre un 20% y un 30% de la población en Europa tiene reservas sobre determinadas prácticas relacionadas con el aborto o la eutanasia. Pero cuando se introduce la variable electoral, ese porcentaje se desploma. La gran mayoría de esas personas no condiciona su voto en función de ese criterio.
Es decir, el problema no es la ausencia de sensibilidad. El problema es la ausencia de consecuencia. Y la política solo responde a la consecuencia.
Aquí aparece la gran fractura: millones de personas pueden estar de acuerdo en algo… sin que eso tenga absolutamente ninguna traducción política. Porque no actúan como bloque. Porque no votan en consecuencia. Porque priorizan otros factores. Los votos se diluyen y no tienen consecuencias reales. No condicionan nada. Y eso, desde el punto de vista del poder, equivale a no existir.
La política es extraordinariamente simple en su lógica. No premia la coherencia moral, premia el impacto electoral. No reacciona ante argumentos, reacciona ante pérdidas de votos. No cambia por convicción, cambia por necesidad. Si una decisión política no tiene coste electoral, se ejecuta. Si lo tiene, se reconsidera. Y si ese coste es elevado, se modifica.
Así de sencillo.
Por eso la pregunta no es sólo cuántos somos, sino qué somos capaces de hacer con ese número. ¿Podemos retirar votos? ¿Podemos concentrarlos? ¿Podemos mantener una línea coherente a lo largo del tiempo? ¿Podemos generar incertidumbre electoral en quien legisla en contra?
Si la respuesta es no, entonces la conclusión es evidente: no hay fuerza política. Y sin fuerza política, no hay cambio.
Aquí entra el segundo gran problema: la dispersión. El votante provida no es un bloque. Está fragmentado. Reparte su voto en función de múltiples variables: económicas, ideológicas, estratégicas. Y al hacerlo, diluye completamente su capacidad de influencia.
El resultado es devastador: un colectivo potencialmente grande que actúa como si fuera pequeño. Y la política no se deja engañar por percepciones. Trabaja con datos. Analiza tendencias. Mide comportamientos.
Si detectara que un millón de votos están en juego por una cuestión concreta, reaccionaría. Si detecta que no lo están, continúa.
Es puro cálculo.
Mientras tanto, se produce una situación casi irónica: grandes movilizaciones sociales, discursos contundentes, testimonios impactantes, artículos como este mismo, … y ningún efecto en el BOE. Ninguna alteración en las mayorías parlamentarias. Ningún cambio estructural. Porque falta lo esencial: la traducción electoral.
La movilización sin voto es ruido. Puede ser un ruido impresionante, emocional, incluso mediático… pero sigue siendo ruido.
Y el ruido no legisla. En cambio, la política si legisla.
Por eso resulta tan incómodo asumir esta realidad. Porque obliga a abandonar una cierta comodidad moral. La comodidad de pensar que tener razón es suficiente. La comodidad de protestar sin asumir costes. La comodidad de indignarse sin actuar en consecuencia.
Pero la política no funciona así. La política exige coherencia operativa. Exige disciplina. Exige constancia. Exige asumir que cada voto tiene un valor y que ese valor puede utilizarse como herramienta de presión.
Sin eso, todo lo demás es irrelevante.
Y aquí llegamos al núcleo de la cuestión: ¿qué podemos ofrecer o qué podemos negar? ¿Qué incentivo tiene un partido político para modificar su posición si no percibe riesgo? ¿Qué gana o qué pierde?
Si no pierde nada, no cambia.
Si puede perder, se lo piensa.
Si puede perder mucho, actúa.
Esa es la clave.
Así que la conclusión no es cómoda, pero es inevitable: “no es la ética, no es la moral, no es la ciencia, es la política, estúpido”.
“Y dentro de la política, no es el discurso. Es el voto, tonto lhaba”.
El día en que haya un bloque suficiente, coherente y disciplinado, la política cambiará. No por convicción, sino por necesidad.
Hasta entonces, todo lo demás (por muy noble que sea) seguirá siendo, políticamente hablando, completamente irrelevante.
El movimiento Provida seguirá haciéndolo, por supuesto, pero lo quiera o no será aplastado por la “política”.
¿POR QUÉ NO NOS CONTAMOS PARA SABER CUÁNTOS SOMOS? A LO MEJOR ADELANTÁBAMOS TIEMPO…
Carmelo Alvarez Fernandez de Gamarra, Colaborador ENRAIZADOS, Coordinador Plataforma SIEMPREVIDA.