Escribo este artículo como española y americana con doble nacionalidad (nacida en España y con residencia en Estados Unidos) tratando de reflexionar sobre el trágico problema del suicidio asistido que nos afecta a todos con independencia de donde vivamos, sus raíces, circunstancias y soluciones. Si queremos cambiar nuestro mundo y dar sentido a nuestra existencia desde el momento en que somos concebidos hasta el momento de nuestra muerte natural, debemos reflexionar y poner nuestro granito de arena y no darnos por vencidos, se lo debemos a nuestros hijos, nietos y futuras generaciones.
En medio del avance global del suicidio asistido, una generación que transformó la cultura se enfrenta ahora a las consecuencias de la soledad y la pérdida de sentido. ¿Estamos ante una falsa idea de libertad o ante el síntoma de una crisis más profunda: la ausencia de fe y esperanza?
En España desde el 24 de marzo de 2.021 es legal la practica de la eutanasia bajo una serie de procedimientos y garantías. En Estados Unidos, las leyes a favor del suicidio asistido avanzan de manera sostenida, siguiendo una tendencia que ya se ha consolidado en gran parte de Occidente. Sin embargo, este avance no es uniforme. A diferencia de países como Canadá o los Países Bajos, donde el acceso a esta práctica se ha expandido de forma alarmante, en Estados Unidos depende de cada estado, lo que genera un mosaico legal desigual. Aun así, la dirección es clara. En algunos países, el suicidio asistido ya no es una excepción, sino una práctica frecuente. Canadá, por ejemplo, registra cifras que lo colocan como una de las principales causas de muerte. En Europa, incluso se ha desarrollado una clase de “industria” en torno a la muerte asistida, donde personas viajan para morir en condiciones cuidadosamente diseñadas, como si se tratara de un servicio más.

Pero lo más preocupante no es solo la expansión legal, sino el cambio cultural que la sustenta. Cada vez más miembros de la generación de los llamados “baby boomers” están considerando seriamente el suicidio asistido como una opción para el final de sus vidas.
Se trata de una generación clave. Nacidos entre 1946 y 1964, los baby boomers no sólo transformaron profundamente la cultura occidental, sino que hoy concentran una parte significativa de la riqueza y del poder. Fueron protagonistas de la revolución sexual, del auge del individualismo y de cambios culturales que, en muchos casos, contribuyeron a debilitar los vínculos familiares y la vida de fe.
Hoy, muchos de ellos se enfrentan a las consecuencias de esas decisiones. Una parte importante ha terminado en la soledad: personas que optaron por no formar familia, o cuyos matrimonios fracasaron, pero que alcanzaron éxito económico y que en el proceso se apartaron de la fe y de los lazos familiares, ahora en la vejez, esa combinación de independencia material, aislamiento emocional y falta de fe se convierte en un terreno fértil para la desesperanza. Aquí radica el núcleo del problema. La cultura contemporánea ha redefinido la libertad como la capacidad de decidir si alguien tiene derecho a nacer y el momento de la propia muerte, desligándonos de cualquier referencia trascendente, haciéndonos dioses de la vida y de la muerte. En este marco, el sufrimiento pierde todo sentido y la dependencia se percibe como una indignidad.
Desde esta lógica, el suicidio asistido aparece como un acto de autonomía, casi de coherencia personal: “morir como se ha vivido”, sin límites ni dependencia. Quienes se oponen son vistos como retrógrados, irracionales o incluso inmorales.
Para los católicos, este escenario representa un desafío profundo. No basta con argumentos legales o médicos, aunque estos sean necesarios. La batalla también se libra en el terreno cultural y espiritual. Defender la vida humana exige recuperar una visión que hoy resulta incomprensible para muchos: la vida como un don de Dios, con dignidad inherente en todas sus etapas, incluso en la enfermedad y el sufrimiento.
El cristianismo no niega el dolor, pero le da un sentido. La fe enseña que el sufrimiento puede ser redentor, porque Cristo mismo lo asumió para la salvación del mundo. Sin embargo, este mensaje solo puede ser comprendido desde la esperanza. Y esa esperanza es precisamente lo que falta en gran parte de la cultura actual. Por eso, el avance del suicidio asistido no es solo un problema legal o político. Es, en el fondo, el síntoma de una profunda crisis de sentido. Una sociedad que pierde la esperanza termina viendo la muerte no como un misterio que se debe respetar, sino como una opción que se puede administrar.
Si no se recupera la fe y la esperanza, cualquier defensa de la vida quedará incompleta. Porque, al final, el verdadero antídoto contra la cultura de la muerte no es solo la ley, sino una renovada comprensión del valor de la vida humana como un don de Dios que merece ser vivido, cuidado y amado de principio a fin.
Recemos por la conversión en nuestros corazones y ayudemos a otros a encontrar el auténtico sentido en sus vidas que les devuelva la fe y la esperanza.
Beatriz Silva de Lapuerta, colaboradora de Enraizados
