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Hay negocios que se montan con ladrillos, otros con petróleo y algunos con información. Pero el negocio más rentable de nuestro tiempo se ha construido con una sola palabra: mujer. No importa el partido, la institución o el organismo; todos aseguran hablar en su nombre, velar por sus derechos y custodiar su libertad. Se crean ministerios, observatorios, institutos, comisiones, campañas, protocolos y toneladas de propaganda. A este paso, la mujer acabará siendo el recurso natural más explotado de la política contemporánea.

Nunca se había hablado tanto de ellas. Nunca habían ocupado tantas portadas, tantos discursos ni tantos minutos de televisión. Y, sin embargo, cuando una mujer de carne y hueso se queda embarazada, pierde el empleo, no puede pagar el alquiler, sufre ansiedad o siente que el mundo se le viene encima, el ejército de defensores profesionales suele desvanecerse con una eficacia casi militar. Para pronunciar discursos llegan todos. Para cargar con los problemas, la convocatoria parece haber sido suspendida por falta de quórum.

La mujer que interesa al aparato político no es una persona concreta. Es una idea. Una silueta sobre un cartel. Un eslogan convenientemente iluminado. No llora, no duda, no hace cuentas frente a la nevera y jamás pregunta quién cuidará de su hijo mientras ella trabaja. La mujer real, en cambio, tiene la pésima costumbre de necesitar cosas: vivienda, estabilidad, conciliación, apoyo psicológico, tiempo y alguien que permanezca a su lado cuando se apagan las cámaras. Y eso, además de caro, estropea la fotografía.

Nos llevan décadas explicando que la libertad consiste en poder elegir. Muy bien. Suena precioso. El problema empieza cuando uno pregunta: elegir, ¿entre qué? Porque no decide igual quien dispone de un trabajo estable que quien vive pendiente de la próxima renovación. No decide igual quien cuenta con una familia detrás que quien está completamente sola. No decide igual quien tiene una vivienda que quien comparte una habitación o teme un desahucio. Llamar libertad a cualquier decisión tomada bajo el peso del miedo es una pirueta semántica bastante cómoda para quien no carga con sus consecuencias.

La libertad auténtica no vive en el Boletín Oficial del Estado. Vive en la nómina. En la guardería que puede pagarse. En el horario que permite volver a casa antes de que los hijos se hayan acostado. En la certeza de que comunicar un embarazo no convertirá a la trabajadora en un estorbo. En saber que existe una red de apoyo si llegan la enfermedad, el duelo o el pánico. Sin todo eso, la libertad corre el riesgo de convertirse en un decorado magnífico levantado alrededor de una mujer completamente sola.

Y aquí aparece la gran hipocresía. La llamada industria de la muerte habla constantemente de la mujer, de sus derechos, de su libertad y de su autonomía. La convierte en bandera, en argumento, en coartada y, cuando conviene, en arma arrojadiza. Pero después la deja desguarnecida frente al dolor, la indiferencia y el caos. La acompaña hasta la puerta de una decisión y, una vez cruzada, desaparece. Es una forma curiosa de defensa: se parece demasiado al abandono, pero viene envuelta en papel institucional.

Cuando una mujer sufre después de perder un hijo, el discurso se vuelve de pronto cauteloso. Si la pérdida fue espontánea, todos admiten que puede haber duelo. Si hubo un aborto, entonces empieza el baile de eufemismos, silencios y precauciones ideológicas. No vaya a ser que reconocer el sufrimiento de una sola mujer ponga en peligro el relato entero. La prioridad deja de ser atenderla y pasa a ser proteger la narrativa. La mujer vuelve a convertirse en material fungible: útil mientras confirma la consigna, incómoda cuando la contradice.

No hace falta afirmar que todas las mujeres sufren de la misma manera. Eso sería tan absurdo como negar que algunas sí lo hacen. Lo verdaderamente indecente es que el sistema que presume de defenderlas se muestre incapaz de mirar de frente su dolor cuando ese dolor no encaja en el folleto. Una política sanitaria seria debería ofrecer apoyo antes, durante y después de cualquier desenlace del embarazo. Pero eso exige escuchar sin juzgar y ayudar sin esconder. Y resulta que escuchar a una mujer real suele ser bastante más peligroso que hablar en nombre de una mujer imaginaria.

Europa, mientras tanto, ha descubierto que envejece. Los nacimientos caen, la población activa se reduce y las pensiones empiezan a parecer una promesa escrita con tinta simpática. Entonces llegan los informes sobre el invierno demográfico, las cumbres, las estrategias y los expertos. Después de décadas convirtiendo la maternidad en una carrera de obstáculos, nuestros gobernantes se muestran asombrados porque cada vez menos personas quieran correrla. Es como desmontar las vías del tren y crear una comisión parlamentaria para investigar por qué no pasa el ferrocarril.

La escena sería cómica si no fuera trágica. Se lamentan de que nacen pocos niños mientras mantienen una organización laboral que castiga a quien los tiene. Hablan de conciliación mientras los horarios familiares parecen diseñados por un enemigo de la familia. Prometen viviendas mientras los jóvenes retrasan cualquier proyecto vital porque un alquiler exige casi una nómina completa. Después presentan la baja natalidad como un misterio sociológico. No es un misterio. Es una factura.

La maternidad se ha convertido, para demasiadas mujeres, en una penalización. Penalización profesional, económica y hasta cultural. Se les dice que pueden hacerlo todo, pero se organiza la sociedad de manera que hacerlo todo resulte sencillamente imposible. Luego se las culpa de retrasar la maternidad, de tener menos hijos o de no querer asumir riesgos. Primero se levanta el muro y después se critica a quien no lo salta. Un sistema impecable, siempre que el objetivo sea no asumir nunca ninguna responsabilidad.

También conviene hablar del padre, ese personaje que aparece y desaparece del debate según las necesidades del guión. Si se trata de repartir culpas, está presente. Si se trata de exigir responsabilidad, compromiso y apoyo durante el embarazo, su papel se vuelve sorprendentemente secundario. La verdadera libertad de la mujer también exige que el hombre no pueda evaporarse del escenario dejando toda la carga física, económica y emocional sobre ella. Pero esto ya complica demasiado el eslogan, y los eslóganes detestan las responsabilidades compartidas.

Se ha creado una maquinaria formidable para enseñar a la sociedad qué debe pensar, qué palabras debe utilizar y qué emociones son aceptables. Sin embargo, no se ha construido con el mismo entusiasmo una red capaz de garantizar que ninguna mujer afronte sola un embarazo difícil. Hay dinero para campañas, pero faltan ayudas rápidas. Hay asesores para redactar mensajes, pero faltan psicólogos. Hay protocolos para comunicar la política, pero demasiadas mujeres siguen sin saber a quién llamar cuando necesitan ayuda de verdad.

Si esto es defender a las mujeres, casi sería mejor que dejaran de defenderlas. Al menos el abandono sería más sincero y nos ahorraríamos el presupuesto de propaganda. Porque proteger no consiste en apropiarse de la palabra mujer ni en colocarla detrás de cada proyecto político. Proteger consiste en estar cuando hace falta. En resolver problemas concretos. En ofrecer alternativas reales. En evitar que una mujer tenga que escoger entre su hijo y el alquiler, entre la maternidad y el empleo, entre pedir ayuda o esconderse por vergüenza.

Las pancartas no pagan facturas. Los hashtags no abrazan. Los manifiestos no acompañan una noche de angustia. Los observatorios no cambian pañales. Y ninguna rueda de prensa ha conseguido jamás que una mujer deje de sentirse sola. Todo eso puede servir para ganar titulares, subvenciones o votos. Pero cuando llega el miedo, la propaganda tiene la consistencia de un decorado de cartón bajo la lluvia.

Lo políticamente incorrecto no es decir que las mujeres necesitan protección. Lo políticamente incorrecto es preguntar qué clase de protección se les está ofreciendo. ¿Una libertad sin alternativas? ¿Un derecho sin acompañamiento? ¿Una decisión sin información completa? ¿Una salida rápida y después silencio? Las preguntas molestan porque obliga a comparar las promesas con los resultados. Y los resultados tienen la pésima educación de no aplaudir los discursos.

La prueba definitiva es muy sencilla. Cuando se apagan las cámaras, ¿quién permanece? ¿Quién llama al día siguiente? ¿Quién ayuda con el alquiler? ¿Quién protege el empleo? ¿Quién ofrece atención psicológica? ¿Quién acompaña el duelo? ¿Quién se ocupa de que una madre no se hunda? Ahí se separa la defensa de la utilización. Ahí termina la ideología y empieza la humanidad.

No necesitamos que ningún político vuelva a explicarnos cuánto ama a las mujeres. Necesitamos que enseñe los presupuestos. Cuánto destina a maternidad vulnerable. Cuántas plazas de salud mental existen. Cuánto tarda una ayuda en llegar. Cuántas empresas han sido sancionadas por discriminar a una embarazada. Cuántas madres pueden acceder a una vivienda. Los discursos son gratis; las cifras suelen resultar bastante más sinceras.

Quizá el mayor engaño de todos haya sido presentar como liberación una sociedad en la que demasiadas mujeres se sienten obligadas a renunciar a la maternidad que desean. Se proclama su autonomía, pero se organizan las condiciones para que solo una opción parezca viable. Se celebra su libertad, pero se tolera que el miedo económico decida por ellas. Se habla de igualdad, pero se abandona sobre sus hombros una parte desproporcionada del coste personal y profesional de tener hijos.

Una política verdaderamente favorable a la mujer no debería indicarle qué decisión tomar. Debería garantizar que ninguna decisión nazca del abandono. Debería rodearla de apoyo, verdad, tiempo y alternativas. Debería proteger su salud física y mental antes y después. Debería exigir responsabilidad al padre, compromiso a las empresas y eficacia a las administraciones. Eso sí sería colocar a la mujer en el centro. Lo demás es colocarla en el cartel.

Hay además una crueldad especialmente refinada en presentar el abandono como empoderamiento. Cuando una mujer dice que no puede más, el sistema le recuerda que es fuerte. Cuando pide ayuda, se le ofrece un folleto. Cuando teme perderlo todo, se le explica que está ejerciendo su autonomía. El vocabulario es impecable. La realidad, bastante menos. A veces da la impresión de que se ha inventado una gramática completa para evitar pronunciar las palabras más sencillas: «te ayudaremos», «no estás sola», «vamos a hacernos cargo también nosotros».

La supuesta defensa de la mujer se vuelve aún más sospechosa cuando se observa quién obtiene beneficios y quién asume las consecuencias. La administración gana titulares. Las organizaciones ganan subvenciones. Los partidos ganan argumentos. Las empresas evitan compromisos. Y la mujer carga con el cuerpo, con el miedo, con el silencio posterior y, demasiadas veces, con la culpa de no haber sido esa heroína invulnerable que aparecía en el anuncio. Un reparto de papeles magnífico, siempre que uno no sea ella.

También se ha normalizado una indiferencia social difícil de justificar. Si una mujer quiere ser madre y no puede permitírselo, se le recomienda esperar. Si espera demasiado y luego encuentra dificultades, se le ofrecen soluciones técnicas, caras y no siempre inocuas. Si se queda embarazada en un momento inconveniente, se le explica que existe una salida rápida. En todas las fases hay un servicio, una industria o un procedimiento. Lo que casi nunca aparece es una comunidad dispuesta a reorganizarse para que pueda tener y cuidar al hijo que desea.

El resultado es una sociedad extrañamente sofisticada para evitar nacimientos y sorprendentemente torpe para apoyar maternidades. Hay capacidad administrativa para tramitar, regular, financiar y comunicar casi cualquier cosa. Pero cuando una mujer necesita una ayuda urgente, una vivienda temporal o unas semanas de acompañamiento intensivo, empieza el peregrinaje por ventanillas, formularios y citas. La máquina funciona a toda velocidad para producir discursos y a paso de procesión para resolver vidas.

Por eso la discusión no debería reducirse a estar a favor o en contra de una determinada ley. La cuestión moral es mucho más profunda: qué hacemos con la mujer cuando su libertad tropieza con la pobreza, la presión de la pareja, la amenaza laboral, el miedo o la soledad. Ahí se demuestra si creemos de verdad en su dignidad o si únicamente la invocamos mientras resulta útil. Una libertad que abandona a quien la ejerce no es plena libertad; es una forma elegante de lavarse las manos.

Y aquí reside la diferencia que nadie quiere reconocer. Utilizar a una mujer consiste en pronunciar su nombre para ganar una batalla. Defenderla consiste en permanecer a su lado cuando ya no hay cámaras, aplausos ni rentabilidad política. Lo primero exige un gabinete de comunicación. Lo segundo exige decencia.

Durante demasiado tiempo la mujer ha sido tratada como argumento, símbolo y mercancía electoral. Se la ha convertido en la coartada perfecta para justificar cualquier política y desacreditar cualquier crítica. Pero las mujeres no necesitan propietarios ideológicos. Necesitan una sociedad que no las abandone cuando están embarazadas, cuando son madres, cuando pierden un hijo, cuando sufren, cuando dudan o cuando sencillamente piden ayuda.

Tal vez haya llegado el momento de cerrar el gran teatro. Menos lecciones morales, menos propaganda y menos guardianes profesionales de la libertad ajena. Más empleo, más vivienda, más conciliación, más salud mental, más responsabilidad paterna y más acompañamiento. Más verdad y menos relato.

Porque la mujer no necesita una industria que hable en su nombre mientras la deja sola frente al dolor, la indiferencia y el caos. Necesita personas e instituciones que no se marchen. Y esa es la ironía final: quienes más han pronunciado la palabra mujer han terminado muchas veces olvidándose de las mujeres. Si eso es defenderlas, casi es mejor que no las defiendan. 

Ahí están las feministas, esas mujeres que se han constituido como defensoras de la mujer (no hablemos de los hombres feministas, eso sería ya demasiado rocambole). Me refiero a esa mujeres que representan la “defensa de los derechos de las mujeres”, la inmensa mayoría de ellas (no son tantas), que tiene la vida resuelta y los pretendidos “derechos” de las mujeres (que ya han alcanzado hace un siglo) les importan únicamente como arma arrojadiza ideológica. La inmensa mayoría de las mujeres no las tienen en cuenta ni las aprecian. El único “derecho” que defienden ahora e el “derecho a matar a sus hijos” y si no estas de acuerdo te cancelaran. Pues venga, que me vayan cancelando. Eso sí, lo que les voy a decir, eso, se lo van a comer con patatas

EL FEMINISMO EXTREMO HA DEJADO HUÉRFANAS AL RESTO DE LAS MUJERES

Carmelo Álvarez Fernandez de Gamarra, Colaborador  de Enraizados, Coordinador SiempreVida.org

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