Hablar de San Juan María Vianney, el Cura de Ars, no es un ejercicio de historia piadosa. Es, si se hace en serio, un acto de confrontación. Porque su vida no encaja en la comodidad moral de nuestro tiempo. No fue un intelectual brillante ni un gestor eficiente. Fue algo mucho más incómodo: un hombre que se tomó en serio el alma humana.
Nacido en 1786 en Dardilly, en una Francia devastada por la Revolución, creció en un ambiente donde ser sacerdote era jugarse la vida. La fe no era un adorno cultural: era resistencia. Era clandestinidad. Era riesgo real. Ahí se forjó.
Tuvo dificultades enormes para ordenarse. El latín se le atragantaba. Suspendía. Era considerado poco apto. Pero insistió. No por ambición, sino por una certeza interior que no negoció jamás. Fue ordenado en 1815.
Su destino fue Ars, un pueblo espiritualmente muerto. Y allí ocurrió algo que hoy resultaría inexplicable para cualquier analista moderno: el pueblo cambió. No por estrategias, ni por campañas, ni por marketing religioso. Cambió porque un hombre decidió vivir como si Dios existiera de verdad.
Pasaba hasta 16 horas al día en el confesionario. Escuchando miserias humanas sin edulcorarlas. Señalando el mal sin maquillarlo. Pero, al mismo tiempo, ofreciendo una misericordia radical.
Vivía en austeridad extrema. Dormía poco. Comía menos. Se desgastó hasta el límite. No porque despreciara la vida, sino porque entendía su valor.
Y aquí es donde su figura se vuelve insoportable para nosotros.
Porque mientras él luchaba por salvar almas, nosotros hoy hemos construido un sistema que decide, con apariencia de legalidad, quién vive y quién muere.

El 26 de marzo de 2026, una mujer llamada fue ejecutada bajo el amparo de la ley. No en un sótano oscuro, no en la clandestinidad, sino con protocolos, con firmas, con discursos revestidos de palabras como “libertad”, “dignidad”, “derecho”.
Y no es un hecho aislado.
Hoy mismo, también, cientos de niños han sido eliminados antes de nacer. Sin nombre. Sin rostro. Sin defensa. En nombre de una supuesta “salud reproductiva” que ha convertido la vida humana en un problema a resolver.
La pregunta no es ideológica. Es profundamente humana.
¿Qué diría el Cura de Ars ante esto?
No haría un tuit. No escribiría un informe. Haría lo que siempre hizo: señalar la verdad, aunque doliera. Llamar al mal por su nombre. Y llorar por las almas.
Porque Vianney entendía algo que hemos decidido olvidar: que el mal no desaparece porque se legalice. Solo se normaliza.
Su vida estuvo marcada por una lucha espiritual constante. Él mismo hablaba de ataques del demonio. No como metáfora, sino como realidad. Y lejos de suavizar el discurso, lo radicalizaba en la verdad.
Decía:
“SI EN TU CAMINAR NO TE GOLPEAS DE FRENTE CONTRA EL DIABLO, ES PORQUE ESTÁS CAMINANDO EN LA MISMA DIRECCIÓN QUE ÉL.”
No es una frase cómoda. Es una acusación directa.
Porque obliga a preguntarse: ¿contra qué chocamos hoy? ¿Qué estamos cuestionando realmente? ¿O hemos decidido avanzar cómodamente en la corriente dominante, aunque esa corriente lleve a descartar vidas humanas?
Vianney no organizó manifestaciones. No diseñó campañas. Pero combatió el mal en su raíz: en cada conciencia concreta.
Hoy, en cambio, hemos sofisticado el sistema. Hemos construido estructuras que permiten eliminar vidas con buena conciencia. Y eso es, precisamente, lo más inquietante.
Este texto no pretende convencer a nadie por la fuerza. Pretende incomodar y remover conciencias. San Juan María Vianney nació dentro de la convulsión de la Revolución francesa. Todos los sacerdotes actuales, de los que es su patrón, han nacido la mayoría de ellos en otra revolución, la de la Cultura de la Muerte, que ya ha matado a muchísimos más seres humanos que los que fueron asesinados por la Revolución Francesa.
A los creyentes, para recordarles que la fe no es una identidad cultural, sino una responsabilidad moral. Y ante la injusticia y la ignominia el deber de un ciudadano creyente es REBELARSE.
Y a los que no creen, para plantear una cuestión elemental: ¿de verdad una sociedad es más libre cuando puede decidir quién merece vivir y quién no? Que también se REBELEN, porque la Cultura de la Muerte también los alcanzara a ellos tarde o temprano. Quizás más temprano que tarde.
San Juan María Vianney no fue un revolucionario político. Pero su vida, hoy, sería profundamente subversiva. Porque diría lo que nadie quiere oír. Y lo viviría. Hasta el final.
Ante lo sucedido el pasado 26 de marzo, la ejecución de Noelia, y el sacrificio de miles de niños inocentes dentro del vientre de sus madres, nosotros, simples mortales del montón, solo podemos hacer una cosa que le dolería mucho a la Cultura de la Muerte. ¡REBELARNOS! No nos queda ya otra opción. Y que San Juan María Vianney nos proteja a todos, creyentes y no creyentes.
DESCANSEN EN PAZ LAS ALMAS DE NOELIA CASTILLO Y DE TODOS LOS QUE COMO ELLA HAN SIDO CONDUCIDOS POR ESTA SOCIEDAD OSCURA A LA MUERTE. TAMBIÉN POR LAS ALMAS DE LOS ÁNGELES NO NACIDOS QUE HAN SIDO SACRIFICADOS EN NOMBRE DEL DERECHO, LA LIBERTAD Y LA SALUD REPRODUCTIVA. QUE SAN JUAN MARÍA VIANNEY LOS TENGA CON ÉL.
EL 26 DE MARZO DE 2026 SERÁ RECORDADO PARA SIEMPRE COMO UNO DE LOS DÍAS MÁS OSCUROS DE LA HUMANIDAD.
Carmelo Álvarez Fernandez de Gamarra, colaborador ENRAIZADOS y coordinador de la plataforma SIEMPRE VIDA.