La familia es el primer límite al poder; es anterior al Estado, incluso anterior a la nación. Y desde luego, muy anterior al partido, al sindicato, al colegio o a cualquier institución. Es una comunidad natural anterior a la burocracia y al utilitarismo.
Y además, es la única institución donde somos queridos por lo que somos y no por lo que producimos o lo que votamos, sino porque lo que somos. Y somos esencialmente padres, hijos y/o hermanos. Eso es lo que nos define.
En la familia recibimos un nombre, nos engarzar en una historia y forjamos nuestra identidad. Es en la familia donde aprendemos a hablar, pero también a distinguir el bien y el mal, a confiar, obedecer y también a ejercer con responsabilidad nuestra libertad.
En la familia somos cuidados cuando nacemos y no nos podemos valer por nosotros mismos. Y es en la familia donde volvemos a ser cuidados si caemos enfermos o la acumulación de exceso de juventud nos hace vulnerables…
La familia alimenta, educa, protege, transmite la fe, conserva la memoria y crea solidaridad entre generaciones. Y hace todo eso sin necesidad de funcionarios, formularios, presupuestos públicos ni campañas institucionales.
Precisamente por eso incomoda a quienes aspiran a gobernar todos los ámbitos de la vida.

No somos una concesión administrativa ni pedimos licencia para existir. Tampoco vamos a permitir que nadie nos redefina. Porque antes de los estados modernos, del imperio romano y del primer atisbo de civilización, los hombres y las mujeres se juntaban y tenían hijos, cuidaban a sus mayores y transmitían sus bienes y costumbres.
Es decir, las leyes no crean la familia; simplemente la reconocen. Y a ser posible, la protegen y apoyan para que cumpla su función principal de insertar a los menores en la vida social.
Los hijos no pertenecen al Estado. Es verdad que no son propiedad de sus padres, pero sí son sus custodios, los responsables de su cuidado y por tanto de su educación. Una labor que ninguna burocracia debería de sustituir. Ni invadir el derecho primario de los padres en la educación afectiva, moral, valórica y espiritual de sus hijos ni en sustituir la patria potestad por supuestas deficiencias.
Es verdad que hay situaciones extremas. Pero también es verdad que el resultado de los niños institucionalizados -tutelados por la administración- no son buenos. Casi todos los malos padres son mejores que un buen funcionario o onegero. La razón es sencilla: naturaleza obliga, la sangre vincula.
El círculo familiar es virtuoso: el niño necesitado es cuidado por sus padres y adquiere una deuda moral con ellos que le hace cuidarles cuando sean mayores. Una red de dependencia muy imperfecta, pero muy potente y natural. El Estado debería apoyarla en vez de tratar de sustituirla.
Todos los totalitarismos han tratado de construir un “hombre nuevo” sustituyendo a la familia. Lo hizo el comunismo, el nazismo. En ambos casos la familia estaba al servicio de la revolución o de la raza, objetivo supremo al que todo debía de sacrificarse. No fue abolida sino vaciada. Los padres dejaron de ser responsables de sus hijos, el estado se encargaría de su educación y de su inserción social. Y también se encargaría de sus sustento porque en un régimen totalitario la independencia económica no existe.
Lamentablemente no es pasado. Hoy es menos visible y menos violento, pero igual de dañino. El wokismo se cree en el derecho de adoctrinar en ideología de género a nuestros pequeños. El niño se convierte en objeto de ingeniería social y los padres quedan relegados a una función secundaria.
Formar un hogar se convierte en una cuestión heróica, la fiscalidad es asfixiante y el trabajo no garantiza ya una vida digna. En estas condiciones de dependencia, el niño deja de ser una bendición para ser un problema. Y cuando nace la red estatal de dependencia es vista como una tabla de salvación en lugar de un Leviatán de la familia.
La maternidad está penalizada socialmente: cada vez hay más discursos de lo “sobrevalorada” que está la maternidad y la cultura fomenta la vida solitaria y presuntamente libre.
Es el objetivo. Porque cuanto más sola está la persona, más dependiente es del Estado y menos puede apoyarse en los hijos o hermanos. Quien controla la vivienda, los cuidados, la educación y la protección puede condicionar gravemente tu vida. Y tu libertad.
No significa que no deban existir los servicios sociales. Significa que hay que rebelarse ante los continuos intentos de sustituir a la familia a la que se observa con desprecio y soberbia como sospechosa y deficiente.
Tenemos que volver a la subsidiariedad: lo que pueda hacer la familia que no lo asuma el Estado. Porque además, la familia actúa sin criterios utilitaristas, sino de solidaridad. Y eso choca con una mentalidad que lo mide todo por la productividad y la autonomía. La familia -por contra- es acogida y lazos de dependencia sin esperar nada a cambio. Nada.
Bajo el criterio estatal, mantener a un anciano improductivo es ineficiente. Quizás por eso se promueve la eutanasia. Porque en su mentalidad es una carga, no tu padre…. Porque el criterio no es de acogida por quien es, sino de gestión eficiente de los recursos limitados.
Frente a esa mentalidad, la familia afirma algo radical: nadie sobra.
No sobra el hijo que llega en un momento difícil. No sobra la persona con discapacidad. No sobra el anciano que repite las mismas historias ni el enfermo que necesita ayuda para realizar las tareas más elementales. Su valor no depende de su utilidad, sino de su condición de persona.
Por eso, defender la familia es defender la libertad. No es una cuestión nostálgica o de sentimientos. Tampoco es un cuento rosa: hay familias rotas, hogares violentos y padres irresponsables. Pero precisamente por eso necesitamos políticas que ayuden a reconstruir los vínculos, exigir responsabilidades y proteger a las víctimas.
Porque cuando la familia cumple su misión, el Estado encuentra adultos responsables, psicológicamente estables y naturalmente solidarios. Cuando la familia desaparece, encuentra individuos solos, vulnerables y dependientes. ¿A qué nos suena? En el fondo, es una tentación diabólica del poder.
La familia -con todos sus límites- sigue siendo el último refugio y el último baluarte de los hombres libres que aspiran a seguir siéndolo.
¡Bienvenidos a la resistencia!
Un fuerte abrazo,
Luis Losada, director de Actuall y todo el equipo
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